31 de Diciembre de 2025
Memorias Borrascosas, un relato de Feli Santana
Cuando nos adentramos en las hemerotecas deportivas, sociales o tradicionales de nuestros municipios, solemos toparnos con vacíos, con silencios inexplicables que interrumpen la continuidad de la memoria. Sin embargo, entre esas lagunas emergen a veces auténticas perlas, fragmentos olvidados que, al ser llevados al laboratorio de la investigación, nos permiten descifrar misterios y anacronismos ocultos en las imágenes grises del pasado.
Valsequillo de Gran Canaria fue testigo de una evolución marcada por los caminos y carreteras que, poco a poco, abrieron paso a la modernidad. Con el tiempo, surgió también la necesidad de rescatar la esencia de las tradiciones, de reafirmar la identidad a través de las fiestas y las costumbres, bajo la mirada vigilante de la Iglesia y el peso del régimen establecido. En aquellos años, la vida avanzaba con la lentitud propia de la posguerra: el abastecimiento era limitado, la autarquía obligaba a sobrevivir con pequeños trozos de tierra cultivable, y la comunicación se desenvolvía con una parsimonia que apenas lograba superar los márgenes del santoral y las campanas parroquiales.
Los primeros destellos de modernidad —sociales y deportivos— llegaban desde la capital, que empezaba a exportar entretenimientos y nuevas formas de ocio. Entre ellos, las competiciones de motor: los Rallyes de Gran Canaria, las pruebas de kilómetro lanzado, las subidas en cuesta. La primera edición partió el 2 de mayo de 1954, inaugurando un espectáculo que, con los años, se convertiría en tradición. Su paso por los pueblos se vivía con entusiasmo, y en el caso de Valsequillo, coincidía a finales de los años cincuenta con las fiestas de San Miguel. El Real Automóvil Club aprovechaba entonces la ocasión para realizar neutralizaciones y pruebas paralelas de habilidad, como la célebre carrera de cintas, que congregaba multitudes.
Aquel espectáculo se convirtió en un clásico, un retrato vibrante de una época. El escenario era la entrada al pueblo, junto a la gasolinera, en el ascenso hacia El Calvario. Allí, la estampa del conjunto histórico y de los viejos edificios servía de fondo, mientras la araucaria de la plaza de San Miguel se erguía esbelta en la distancia, símbolo vegetal que aún hoy recibe al visitante junto al parque de Los Algarrobos y la calle Camino Viejo.
Pero aquel paisaje también estaba marcado por los símbolos de un tiempo sombrío. El emblema del yugo y las flechas —herencia de los Reyes Católicos y adoptado por el régimen franquista— presidía la entrada de muchas localidades españolas, incluido Valsequillo. Grabado en placas metálicas, fachadas o tapias, aquel emblema se convirtió en la seña de identidad de la España gris, acompañando a otros iconos como el águila de San Juan. Aunque la Ley de Memoria Histórica ha condenado estos símbolos al olvido, aún hoy, en muros y rincones de pequeños pueblos, pueden encontrarse las huellas de esa herencia, cicatrices visibles de un pasado que se resiste a desaparecer.
El yugo y las flechas, símbolo adoptado por los Reyes Católicos para representar la unión dinástica de sus reinos y el ejercicio del poder, fue recuperado siglos después por la Falange Española como emblema ideológico. Tras la Guerra Civil, el régimen franquista lo difundió profusamente por toda España, especialmente en entradas de pueblos, edificios oficiales, viviendas y escudos, asociándolo a la idea de unidad nacional y a un pasado imperial glorificado. Con el tiempo, el símbolo se convirtió en uno de los elementos más icónicos del franquismo y, en la actualidad, su presencia en espacios públicos está restringida por la legislación de memoria histórica y democrática, al considerarse una forma de exaltación de la dictadura.