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Rincones de Gran Canaria: Llanos de La Marquesa, en Tirma

07 de Julio de 2021

Rincones de Gran Canaria: Llanos de La Marquesa, en Tirma

En algún lugar de Gran Canaria, donde el silencio sacude las montañas y el paisaje es abismal, una de tantas cadenas montañosas con crestas de pinares cierra un caprichoso triangulo de naturaleza que cae desde 1.400 metros de altura al inmenso azul del atlántico. Al noroeste de la isla redonda de Tamarán, con algo más de 2.000 hectáreas es ahora propiedad del Cabildo Insular. 

 

Comenzamos el descenso desde la entrada de Tamadaba, por una pista de tierra de 18 km. Que conecta la cumbre con el Andén Verde. Al ser un espacio de uso restringido, hay que solicitar permiso a la administración, para el control del uso y disfrute, pero merece la pena una visita, ya que la formación geológica y natural es monumental, con impresionantes vistas sobre un paisaje indescriptible 

 

La primera parada en el descenso es el Mirador de la Cruz de la Virgen, sobre el barranco del Vaquero y el embalse de la antigua comunidad de regantes de Tirma. Agua limpia que transparenta el espejo del cielo luminoso como una inmensa piscina natural. Por la Hoya del Laurel, el barranco se estrecha y la pista forestal se vuelve sinuosa y serpenteante. Escapamos hacia la Rosa Nueva, por la Morra y el Reventón, topónimos que el amigo José Martínez Ojeda, nos contaba como un rosario de la aurora. Y es que nuestro anfitrión viene a ser el heredero natural de Tirma, nacido con otros seis hermanos en este paraíso de montaña y andenes. Actualmente, queda él cuidando la hacienda la Marquesa. 

 

Junto a los Llanos de la Marquesa encontramos a José, con su caballo suelto, que se acerca a nuestras motos a curiosear el material de que están hechas y hasta lambucea el sillón con notable confianza de andar por casa. En este lugar nos contó el amigo, que levantaron la Marquesa, una hacienda de apellidos pudientes en siglos pasados. Que venían a pasar fines de semana o vacaciones. Nos habló de los primeros dueños, La familia Morales, que venía a ser un bisabuelo del mismísimo Tomás Morales, el poeta canario. Este la vendió a la aristocracia, y posteriormente pasaría  manos de la familia Betancor, Bonny, etc. Y en los años noventa, la compró el Cabildo de Gran Canaria, para el uso controlado y recuperación de la masa forestal. 

 

 

Nuestro feliz anfitrión nos muestra y pasea por la hacienda y nos invita a conocer los secretos de aquellas tierras. Descubrimos a un sibarita de las plantas y de las antigüedades. José nos va mostrando las más significativas; sus propiedades curativas y olorosas. Sus nombres heredados de la observación y la memoria. La nauta, El poleo, mala madre, buganvillas, rabo cochino. Habla con la sabiduría de los años, de la experiencia acumulada en el disfrute de sus labores cotidianas.  Nos recuerda de niño subían los arrieros de la Aldea para Agaete por el Risco, por el camino del Cartero, el que sube por las tabladas y el barranco del secretario, que murió asesinado, por revanchas, de malos registros de fincas en desuso.

 

Muchas puestas de Sol morir detrás de la Montaña de Tirma

 

Cuando pasaban y paraban a beber un jarro de agua por el Llano la Marquesa, donde vivían familias en las casas de labranzas. Como las relaciones entre aldeanos y gente de Agaete -culetos- no eran muy buenas, les despachaban con esta cantinela. “Un caldo papas tengo al fuego, no tengo paja pal burro, pero falta poquito pal Risco, cristiano”. Y continuaban sus andanzas, bajando al Risco por el Paso de las mujeres. José tiene una mente sana, llena de recuerdos y anécdotas, habla y cuenta batallas con la alegría y sabiduría del que ha visto muchos soles nacer detrás del gigante Faneque.

 

Ha salvado el honor del último guardián de los andenes, de esa frontera natural que es un castillo impenetrable desde las cumbres sacudidas de viento y bosques de pinares. Allí encontró una paz inmensa, que conecta con el visitante y que lejos de la modernidad, no quiere más tierra que le regala sus ojos, más gente que la que pasea por su altar. Tirma es mucho más que estas pinceladas de caprichos y emociones, Tirma es un castillo encantado donde el tiempo se escondió entre la imponente columna de Faneque, hasta la playa de Faneroque, con 1200 metros en caída vertical, o desde el balcón del cielo en el Morro Cardo Cristo en Altavista, hasta la playa de las Arenas del Andén Verde con la misma vara de medida en descenso.

 

 

La inmensidad del silencio es la majestuosidad de Dios

 

Los Pilones, Saucillo, Lomo los Frailes, Carreño, Los llanos de la Pimienta, cueva nueva Corralete. Tifaracal, El Salado. Tantos lugares con identidad propia, caprichosas formas del relieve isleño en la formación más antigua de Gran Canaria, que igual te regala un caidero vertical de puro espectáculo, que un charco azul para descubrir perplejos de encanto, que te ofrece una sabina con 500 años de soles, que contemplar la cúpula celeste conectada con la madre naturaleza, donde la inmensidad del silencio es la majestuosidad de Dios.  

 

Para el senderista, Tirma es otro mundo. Uno donde no hay ruidos externos, es un parque temático natural vertical e isleño. Hay que patear, caminar y como las hormigas buscando puntos de referencia en la inmensa capa de tierra que nos localiza y lleva alguna parte. Tierra y puro elemento natural antiguo la última pared que se levanta hasta el cielo, para guardar la tierra.

 

Un lugar mágico, para que siga dormido

 

Se puede visitar en moto o 4 x4, por pistas forestales de tierra, con bastantes enlaces internos, que pueden sumar más de 50 km. Sí, hay que solicitar el permiso en el Cabildo. Hay un tope máximo para acceder y es un lugar mágico, para que siga dormido. Si tu duende aventurero y curioso, no es capaz de entenderlo, hay muchas más opciones en esta isla mágica, para conocer y disfrutar. 

 

 

La tarde avanza y nosotros nos acercamos al final de la visita encantada. Hay un último suspiro de emoción entre la montaña sagrada de Tirma y la belleza del Vigía de las Nieves, que mira a la costa norte con esa última semblanza de grandeza. Un ganado de burros sueltos, se alejan de nuestras motos hacía el Vigía, sin entender el ruido de otro mundo que invade su espacio, entre ellos andaba un platero, varios chocolates, y un pelirrojo; todos pollinos jóvenes, seguros, sin escuelas, pero con la sabia naturaleza de maestro. 

 

Despedimos al guardián de la salida del castillo, mostrándole nuestras credenciales y dando las gracias, por tamaño regalo. Ahora seguimos varios kilómetros más hasta el cruce con el Andén Verde cerrado al tráfico. La corteza de la tierra arañada de viento, salitre y musgo del cuaternario, tapiza la pared de los riscos, que suben desde el mar a la cumbre. Aquí empieza a descansar la cola de dragón milenario que se extiende sobre el acantilado y yace en la playa de La Aldea. 

 

Gracias a los amigos del TTllín por el regalo currado incluyendo el previo con Miguel, Eduardo y Javier y a José, guardián de los andenes y de los Llanos de la Marquesa. Larga vida a ese caballero medieval. 

 

Conoce, cuida y disfruta de los rincones de Gran Canaria. 

 

Feli Santana - Org. Viejas Glorias Canarias

rinconviejasglorias@hotmail.com

 
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