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Patagonia (11): Rumbo a Río Gallegos, con Torres del Paine en el horizonte

25 de Marzo de 2026

Patagonia (11): Rumbo a Río Gallegos, con Torres del Paine en el horizonte

Undécimo capítulo del viaje en moto al Fin del Mundo

 

Un relato de Feli Santana

 

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Aún no nos habíamos recuperado del asombro que nos dejó el glaciar Perito Moreno cuando ya nos preparábamos para entrar en otro de los grandes templos naturales de la Patagonia: el Parque Nacional Torres del Paine.

 

Su universo acuático y montañoso es la continuación del milagro geológico del sur del planeta. Si uno viaja a la Patagonia y no pisa este parque, difícilmente podrá sentir el pulso de uno de los paisajes más extraordinarios del mundo.

 

Pero en estas latitudes siempre manda la naturaleza.

 

 

El gran enemigo de estas tierras de glaciares es la nieve. En cuestión de horas, todo puede amanecer completamente blanco. Las carreteras se transforman en trampas de hielo y las motos pierden cualquier margen de seguridad. Ante ese riesgo, y sin garantías suficientes para disfrutar del recorrido, la expedición se vio obligada a abortarlo.

 

Una decisión prudente… pero que deja un pequeño hielo en el alma.

 

Así que recurrimos al recuerdo de un viaje anterior para rescatar la esencia de ese lugar único.

 

 

El Parque Nacional Torres del Paine, en la Patagonia chilena, es conocido por sus montañas afiladas, sus glaciares azul brillante y sus extensas pampas doradas donde habitan guanacos, ñandúes y otras especies de la fauna patagónica.

 

Las protagonistas indiscutibles son las tres torres de granito que dan nombre al parque, junto a las cumbres conocidas como Los Cuernos del Paine, que emergen sobre lagos turquesa y glaciares milenarios.

 

 

Torres del Paine es uno de esos lugares que te dejan fascinado desde el primer instante. Su majestuosidad parece rozar la perfección. Todo allí transmite la sensación de una obra cuidadosamente esculpida por la naturaleza, como si el creador hubiera decidido tomarse un poco más de tiempo para recrearse en su obra.

 

El parque se encuentra a unos 80 kilómetros de Cerro Castillo, y el frío marca el ritmo del paisaje. Fuera del parque, en el valle, la temperatura apenas alcanza uno o dos grados y la escarcha resume una larga noche de condensación.

 

 

El recorrido interior del parque está diseñado para sorprender detrás de cada curva. El firme de ripio permite una conducción fluida, entre curvas suaves y pequeñas rectas que revelan nuevos paisajes a cada kilómetro.

 

Aparecen el lago Sarmiento, singular por no tener desagüe; el río Grey, nacido del glaciar del mismo nombre; y una constelación de lagunas que salpican el territorio.

 

 

El lago Pehoé ofrece algunas de las mejores vistas del macizo Paine, mientras el turismo de trekking y alpinismo encuentra aquí rutas legendarias con refugios de montaña que permiten recorrer el parque durante varios días.

 

La fauna también forma parte del espectáculo. Guanacos pastando en libertad, pequeños cervatillos y la presencia —más discreta— de pumas que dominan el territorio desde la distancia.

 

 

Las torres —Monzino, Central y D’Agostini—, junto a Paine Grande, los Cuernos del Paine, la Aleta de Tiburón, el lago Nordenskjöld, la Laguna Azul o el lago Toro, forman un mosaico natural imposible de abarcar en una sola mirada.

 

Este paisaje ha sido moldeado durante millones de años por los glaciares que descienden del Campo de Hielo Patagónico Sur, una de las mayores reservas de hielo del planeta fuera de los polos.

 

 

Declarado Reserva de la Biosfera por la UNESCO, el macizo Paine es considerado uno de los conjuntos montañosos más bellos del mundo. Sus lagos turquesa, glaciares, bosques y extensas pampas lo convierten en un imán para montañeros y aventureros de todos los continentes.

 

La jornada de hoy terminó siendo, en realidad, un plan B. Paisajes fríos, abiertos y silenciosos acompañaron la ruta mientras el recuerdo del glaciar seguía presente en la mente del grupo.

 

Desde Esperanza tomamos el desvío hacia Río Gallegos, buscando el aire atlántico y enfrentándonos de nuevo a las largas rectas heladas del sur.

 

La ciudad aparece finalmente junto al río del mismo nombre, abriéndose hacia el mar en un amplio delta.

 

 

Río Gallegos, capital de la provincia argentina de Santa Cruz, conserva rincones que cuentan su historia: la Plaza San Martín, la Catedral de Nuestra Señora de Luján, construida en madera y pintada de rosa, o el Museo Regional Padre Jesús Molina, donde se guardan fósiles, objetos indígenas tehuelches y fragmentos de la memoria patagónica.

 

El nombre de la ciudad procede del río que la atraviesa, bautizado en honor a Blasco Gallegos, piloto de la expedición que acompañó a Fernando de Magallanes en la primera vuelta al mundo.

 

El equipo mantiene el ánimo alto, a pesar del frío y de las vicisitudes del viaje. Esta es la última gran ciudad argentina antes del paso hacia el Estrecho de Magallanes.

 

El siguiente destino ya se dibuja en el horizonte.

 

Tierra del Fuego.

 

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