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Ñito Huertas: Las motos como filosofía de vida

23 de Agosto de 2025

Ñito Huertas: Las motos como filosofía de vida

El alma humilde del motociclismo canario

 

Un relato de Feli Santana

 

Nuestro protagonista nació a la sombra del Roque Nublo, ese emblema inmortal de Gran Canaria que Néstor Álamo cantó en sus versos. En el barrio de La Culata de Tejeda —literal corazón de la isla— se forjó en la infancia de Ñito Huertas un sentimiento infinito de humildad y grandeza, al abrigo de un espectáculo natural único.

 

A los ocho años, dejó aquel rincón geográfico para emprender junto a su familia el camino hacia la capital, en busca de un futuro mejor. Años más tarde, ya en la ciudad, descubrió en las motos un amigo fiel, un aliado capaz de elevar su espíritu a través de la libertad y el movimiento. La chispa la encendió su primer Vespino, un flechazo inmediato que le regaló ese sentimiento atrapado de plenitud y que pronto lo lanzó al descubrimiento de su tierra.

 

El sueño fue tomando la forma de las carreras, una pasión escondida que lo llevó a conseguir su primer “tres marchas”, propiedad de Alfredo Sánchez, con el que pronto encontró la sintonía de la competición. Ñito pasaba horas rodando en el polígono de El Sebadal, imitando a los grandes de la época. Soñaba con aprender a pilotar, aunque su bolsillo apenas le alcanzaba para mantener aquel sueño encendido.

 

 

Motos, amistad y familia: la ruta vital de Ñito Huertas

 

Pero si algo define a Ñito es su carisma y humildad, cualidades que siempre le abrieron puertas y corazones. Su primera inscripción en una carrera, de dos mil pesetas, se la consiguió Teófilo Cabrera con una derrama entre amigos. Su primera equipación fue un regalo de la bondad inconmensurable de Juani Herrera. Y sus botas de carreras —que aún guarda con cariño— las recibió gracias a la generosidad de Pepe Carballo. Siempre hubo alguien dispuesto a ayudarlo, porque Ñito contagiaba confianza y simpatía.

 

Con el apoyo de Ramón Rodríguez, que le cedió una Yamaha RD 350, y la amistad inseparable de Alfredo Sánchez, comenzó a escribir su historia deportiva. Sus primeros pasos serios llegaron con esa Yamaha RD 350, que lo llevó a las subidas en cuesta de Cueva Grande, Los Cuchillos o Los Marteles, y a las escapadas a “Los Loros” en Tenerife, siempre acompañado por su gran amigo Germán González. Tienda de campaña al hombro, mochila cargada de ilusión, y miles de anécdotas en el corazón.

 

 

Pasión sobre dos ruedas y sonrisa eterna

 

Las tertulias moteras en el Bar El Puente, su equipo “Team Fufú” junto a Carmelo y Germán, y la camaradería de un colectivo unido marcaron su crecimiento. Luego llegarían Mercalaspalmas, las primeras resistencias y carreras, y más tarde el boom de los noventa con las Copas Yamaha Jog, los campeonatos de minimotos y la velocidad grande en el Circuito de El Berriel.

 

Pero si hay una suerte infinita en la vida de Ñito, esa es su familia: Cristina, su compañera de siempre, y sus hijos Kenny y Patricia. Los tres son el pilar de su vida y la esencia de un hogar motorístico. Su hijo Kenny heredó los genes de la competición y ha seguido con brillo la estela de su padre. De esa unión familiar nacería el Moto Grupo Guanil, con el espíritu de la libertad como bandera.

 

 

El peregrino del motor en su viaje a la Isla de Man

 

Curioso e inquieto, Ñito también probó otras modalidades y descubrió nuevas grandezas: la Baja Canarias Mauritania, los raids en Gran Canaria con su Honda Dominator y la filosofía de enfrentarse en soledad al desierto. Allí encontró una profunda reflexión sobre la vida y la fortaleza, surfeando mares de arena y aprendiendo que la moto no es solo velocidad, sino también un puente hacia lo esencial.

 

Su espíritu de peregrino lo llevó hasta la Isla de Man, la meca del motociclismo. “Todo motorista debe visitar esta catedral al menos una vez en la vida”, afirma Ñito. Preparó su viaje con lo básico, montó su “Domineitor” japonés y se lanzó a cumplir el sueño. Allí descubrió el respeto inglés por la moto, un culto extraordinario en el que conviven clásicas, modernas y veteranos motoristas equipados como si fueran jóvenes.

 

Ver pasar una moto a 300 km/h en la montaña, pegada a ti, es una experiencia indescriptible. Ñito lo resume en una sonrisa misteriosa que surge sin querer, la sonrisa de la fascinación. Y esa emoción lo llevó a repetir hasta en cinco ocasiones su viaje al TT de la Isla de Man.

 

 

Pasión, Ducati y nuevos horizontes

 

Ñito es un caudal de conocimientos y de charla agradable. Siempre tentado por Ducati, acabó enamorándose de la 916, la joya de Tamburini. Hoy la exhibe en su garaje junto a una imagen icónica: una 916 amarilla aparcada junto a un Porsche 911 Carrera amarillo, matrícula GC-0916. Una postal inmortal que resume su pasión por la vida y por las dos y cuatro ruedas.

 

Hoy disfruta de la jubilación laboral con la misma ilusión de siempre. Acondiciona su garaje, ordena sus vivencias y comparte su tiempo con Cris, su compañera inseparable. Su eterna sonrisa, fruto de la humildad y del conocimiento motorista, le sigue marcando el camino.

 

Ñito Huertas es, sin duda, un ejemplo de cómo las motos pueden ser mucho más que una afición: pueden ser una filosofía de vida.

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