22 de Julio de 2025
Mobylette D55 Mobycross, un relato de Feli Santana
Los años finales de los setenta fueron una auténtica revolución para la fabricación de ciclomotores de pequeña cilindrada en España. Aparecían nuevas marcas y modelos que se adaptaban a las modas emergentes, especialmente las motos de campo, replicando los éxitos deportivos del momento y motorizando a un país que aún transitaba por caminos de tierra y andurriales polvorientos.
Las 49 cc crecieron a un ritmo imparable en fabricación y ventas. Eran las motos obreras, el primer gran milagro de la movilidad juvenil. Para quienes descubrimos el poder de libertad que ofrecían, invertir en una moto fue el primer gran objetivo de nuestras vidas. Las marcas lo sabían, y cuidaban el mensaje: libertad a bajo coste, dirigida a un público joven que soñaba con escapar por carretera.
Una mañana, mi amigo Juan Ortega apareció con una moto diferente a todo lo que habíamos visto en el barrio. La apuesta era novedosa: una Mobylette D55 Mobycross. En nuestras carreteras no teníamos constancia de esa marca. Pero esta unidad rompía todos los esquemas. Alta, roja, deportiva, con estética de cross, motor cuadrado y suspensiones modernas. Era una moto que ya gritaba: “¡métele un pistón más grande!”.
El rugido de la inocencia: adolescencia a 100 km/h
Le hicimos el rodaje durante varios días. Funcionaba fenomenal, incluso con dos pasajeros. Pero Juan, impaciente como todos a los 15 años, antes de que acabara el mes ya le estaba metiendo "metralla", buscando ponerse a la altura de las rápidas del barrio.
Y vaya si lo logró. Con grupos rectificados, aquella Mobycross saltó de los 40 a los 100 km/h, y eso era una barbaridad en carreteras lentas, con frenos de tambor y neumáticos mínimos. La integridad física nunca estaba garantizada, pero el orgullo del más rápido era una meta incuestionable.
El banco de pruebas era nuestra referencia. En él, las Derbi rectificadas de otros amigos marcaban 110 “a ojo de buen cubero”. Si no podías seguirles el ritmo, al menos olías la mezcla de dos tiempos que dejaban atrás. El diseño también empezaba a marcar diferencias: nacía una nueva estética más agresiva y colorida, una especie de “look generacional” con motos que parecían más grandes, más modernas.
Por las curvas de la juventud, sin frenos ni miedo
Habíamos superado la etapa de las motos obreras como las Gimson, Derbi, Mondial, Vespas, Sachs, Mobylettes, Montesas o Puch. Se avecinaba la era del plástico rediseñado: adiós a los guardabarros cromados y el metal brillante, bienvenidas las carátulas de colores con espacio para dorsales de carreras. La década de los ochenta irrumpía con estética de competición y una nueva fiebre por los componentes que convertían a las pequeñas cilindradas en verdaderos “pepinos”.
Los tubarros rompían los límites de decibelios, era un caos sonoro y juvenil. El sistema aún no sabía cómo contener aquello, más allá de las quejas de vecinos y el sobresalto de los agentes de la autoridad.
Nuestra banda, armada con la prepotencia de la juventud y la ignorancia del peligro, rodaba por las carreteras secundarias como pequeños terroristas de la libertad. No hacíamos daño, pero sí mucho ruido. Recuerdo nuestras incursiones a pueblos como Valsequillo o Telde. Como en Telde había más control y presencia policial, preferíamos invadir Valsequillo, con su ambiente tranquilo y acogedor. Los pobres guardias nunca olvidarán a la chusma motorizada de La Gavia, con nuestras pintas de “peludos hippiloyas”.
Ciclomotores y anarquía: nuestra revolución a 49cc
Aquel fue solo el principio. Después vinieron más invasiones, más descubrimientos, más creatividad. Personalizábamos nuestras motos con colores exóticos, manillares elevados o bajísimos, colines de carreras y rectificados con lima gorda. Cada euro que nos sobraba era invertido en convertir nuestras motos en piezas únicas. Habíamos inaugurado la ingeniería artesanal adolescente.
Incluso el Ayuntamiento de Telde reaccionó. Publicó un bando municipal debido a la proliferación de motos con escapes libres y el caos nocturno que generaban. Se colocaron señales de tráfico nuevas con un ciclomotor en un disco de dirección prohibida, acompañado de un horario: prohibido el acceso de 21:00 a 7:00. En nuestra peña se respetó una temporada… hasta que bajaron la guardia, y poco a poco, los escapes volvieron a ser lo que eran.