04 de Septiembre de 2025
Tengo dos hermanos a los que quiero con locura. La pequeña no se considera motera —eso dice ella—, pero en sus 18 años viviendo en Londres se movía a diario en scooter, hiciera el tiempo que hiciera. Y ahora, en Las Palmas, sigue usando scooter la mayoría de los días.
O sea que, vale… de motos entiende lo que yo de astrofísica cuántica, pero la tía acumula más kilómetros en scooter que muchos de los que presumen al lado de su flamante "RR RR".
Mi hermano mediano (yo soy el mayor) sí mostró cierto entusiasmo por las motos en nuestra juventud, pero nunca pasó de un par de Vespinos. Desde el principio lo del embrague y la palanca de cambios no le hacía gracia. Claro que… si tenemos en cuenta que estuvo una semana entera acompañándome a un descampado para que yo aprendiera a arrancar sin calar mi Rieju RV 50 de 1986, quizá le quedó trauma.
Y fue tal cual lo cuento. Subíamos la moto al descampado empujándola después del cole, y yo me tiraba un par de horas intentando esa coreografía imposible: coger embrague / meter primera / soltar embrague / acelerar / salir… Y nada. Siempre se me calaba.
Hasta el viernes. Ese viernes lo logré. Y me pasé todo el fin de semana dando vueltas por un polígono, practicando antes de atreverme a salir al tráfico.
Mi hermano, además de ser un santo, es un auténtico especialista en meterme el dedo en la llaga cuando quiere. Solo por vacilarme. Y lo hace con una naturalidad tan grande que ni te das cuenta.
Con los años, cada vez que me veía con una nueva moto, como si tal cosa, me preguntaba:
—"Oye, Olivito..." (así me llama cuando se pone guasón) "¿y las motos estas tuyas grandes… no las hacen automáticas como los coches? Es que a mí lo de estar cambiando me parece un coñazo".
Y yo, que soy un pardillo, me ponía a explicarle con lujo de detalles por qué “eso que él quería” no podía existir.
Él siempre acababa con lo mismo:
—“Pues nada. Que entonces no me compro una moto grande para salir contigo. Me la compraré el día que las hagan automáticas, como mi Vespino”.
Año tras año, la misma conversación de besugos. ¡Y yo echando espuma por la boca!
Incluso hace unos años, tras comprarse su primer coche con cambio secuencial, pasó a verme al concesionario. Se paseó por la exposición, mirando las motos con detalle y… ¡me volvió a hacer la misma pregunta!
Esta vez, con más contrariedad todavía, porque si su flamante deportivo “con levas” lo tenía, no entendía cómo no había una moto igual.
Ahí ya saqué mi lado más friki y académico, repasando la historia de todas esas motos con cambio automático que se intentaron comercializar...
¡Todas ellas una deshonra sin sentido para el “motero de verdad”!
(al menos, según mi apasionado discurso).
Y entonces… llegó el verano de 2024.
Yamaha presenta, sin previo aviso y sin yo habérmelo sospechado, su flamante cambio de marchas manual automatizado: el Y-AMT.
Vamos, lo que se dice con todas las letras: ¡¡¡UN ZASCA EN TODA LA BOCA!!!
¿Que qué es el Y-AMT?
Mejor entra tú mismo en este enlace y lo lees:
🔗 https://www.yamaha-motor.eu/es/es/motorcycles/y-amt
Pero en resumen:
Es un sistema que puedes usar en modo automático o mediante pulsadores, sin maneta de embrague ni palanca de cambios. Justo lo que lleva ¡38 años! pidiendo mi hermano.
Y digo que es ahora —y no antes— cuando puedes tener una moto que se siente como una moto, sin esos dos elementos que parecían sagrados.
En 2018 tuve el honor de participar en un “Official Triumph Dynamic Testing”. Se trataba de comparar maxi-trails y, entre otras, pude conducir la Honda África Twin con DCT. Estéticamente, todos coincidimos: es una moto preciosa. Pero a mí, en cuanto a conducción, no me gustó.
Su cambio era un prodigio tecnológico, sin duda. Suavidad impecable. Pero no lo veía útil salvo para usos touring tranquilos.
Tiempo después, un amigo con una tienda de “playeras de 200 pavos” (según sus propias palabras), me confesó que se la había comprado precisamente para no estropearse las zapatillas. Y oye, descubrí otra utilidad.
Pero el problema no era la tecnología.
El problema era yo.
Varón caucásico, heterosexual, católico, de centro, generación X… y con 38 años de prejuicios moteros a la espalda.
Porque aunque ya he ido superando otras estupideces con la educación, lo de despreciar todo lo que sonara a “cambio automático” en moto… eso seguía clavado.
Y lo peor: también he infravalorado el “Doppelkupplungsgetriebe” de cierto fabricante alemán, cuando ni siquiera yo mismo soy capaz de conducir mi querido flat six sin estar pendiente cada dos por tres de la palanca de cambios.
Vale que lo del coche fue un capricho de cincuentón reciente. No tengo experiencia en “cuatro latas”.
Pero en motos, tras 38 años sobre ellas, no necesito mirar marchas ni pantalla. Cambio de oído.
Y sin embargo… la moto que más kilómetros he hecho en 2024 ha sido una Yamaha Tricity 125.
¡Yo! ¡El que decía que los scooters eran electrodomésticos!
Así que sí. El problema estaba en mi cabeza, no en las motos.
Ni siquiera me leí el dosier.
Ni los análisis.
Ni hice el curso interno de producto.
Me negué incluso a probar la moto.
Hasta diciembre.
Me cogí unos días libres y salí una mañana con un colega a probar la MT-09 Y-AMT.
¿La conclusión?
¡¡¡Hasta aquí hemos llegado!!!
He llegado a ese punto donde no comprendes ciertas cosas, donde te sientes fuera de lugar. Donde, sin darte cuenta, te conviertes en “reaccionario”.
Esa misma semana hojeé el número de diciembre de la revista Motociclismo, con el resumen del EICMA. Modelos raros, nuevas marcas, estéticas que no entiendo…
No reconocía el mundo motero que estaba viendo.
En Nochevieja hice mi habitual post en RRSS.

Una Yamaha XT 500 de los 70/80, fotografiada en un amanecer de California. Preparación de Russell Stratton (@ridecustom), que eliminó todo lo superfluo para realzar el metal visto frente al plástico. Lo justo y necesario. Sin artificios.
Ese contraste, esa pureza… es lo que quiero para 2025.
Metal visto contra plástico.
Aluminio cepillado contra artificios.
Sin importar su origen ni su época.
Eso es lo que le voy a dar al 2025.
¡Mi mejor contraste!
Mi cumpleaños y el 1 de enero son las fechas que me hacen pensar. El primero de año es para nuevos propósitos. El cumpleaños, justo antes del cierre del Q3, es para revisar las desviaciones del año.
Y este 29 de agosto de 2025, en mi 54 cumpleaños, puedo mirar atrás satisfecho.
En mayo matriculé un puñado de MT-07 y MT-09 Y-AMT para probarlas con todo el equipo de Flick Moto: 🔗 INVITACIÓN A LAS PRUEBAS
Y en junio comencé a organizar salidas abiertas con quienes quisieran probarlas.

Recogimos sus impresiones.
Hicimos encuestas.
Y el resultado fue tan bueno que publicamos este resumen:
🔗 9 de cada 10 motoristas prefieren el cambio Y-AMT de Yamaha
Hemos seguido todo julio, todo agosto, y vamos a seguir en septiembre.
Yamaha lo ha logrado:
Una reinterpretación del placer de conducir, sin renunciar a la esencia.
Yo también lo he logrado:
Me sobrepuse a mis prejuicios.
No solo me llevé un zasca en toda la boca.
Me llevé una nueva forma de disfrutar de las motos.
Porque sigo siendo lo que soy: "Puro aluminio cepillado… en solitario contraste con la sobriedad de aquello que solamente sea justo y necesario para su fin… sin importar su origen ni su época… sin artificios."
Sigo siendo un motero de verdad.
Uno que ha sabido adaptarse, que ha transmitido su pasión a través de nuevas experiencias y nuevas tecnologías.
Así que al “mundo motero por venir”, le digo:
¡Que no! Que no hemos llegado hasta aquí para quedarnos.
¡Esto sigue! ¡Y más fuerte que nunca!
Con la misma cabezonería con la que aprendí a manejar el embrague de mi Rieju RV 50…
...he aprendido que también hay vida motera más allá de la maneta de embrague.
¡Toma ZASCA en toda la boca!