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Las “galletas” de la experiencia, un relato de Feli Santana

17 de Julio de 2025

Las “galletas” de la experiencia, un relato de Feli Santana

✍️ Por Feli Santana

 

Había que dar tiempo al tiempo. Solo quedaba esperarlo, dejar que los sueños se acercaran a su definición, aunque por el camino perdieran a sus protagonistas o se transformaran en nuevas y sorprendentes realidades. Cosas del destino, que juega sus cartas sin previo aviso, dejando solo las decisiones del pensamiento como respuesta.

 

Era una tarde de domingo. Mi amigo del barrio, Carlos Martel, por fin estrenaba su Lambretta Servetta Mini Cross. Una joya: dorada, con un tanque semi redondo decorado con líneas verdes, al más puro estilo italiano. Tenía cinco velocidades y, antes de siquiera rodar, ya le había colocado un cilindro grande y un tubarro que escupía un sonido metálico y vibrante, pura adrenalina juvenil. Quedamos en bajar al cine de Telde y flirtear con las chicas en el parque. Corría el año 1976 o 77.

 

Eran tiempos de cambios. Ya teníamos carretera nueva, recién asfaltada. Yo me puse uno de aquellos pullovers con estampado americano que llegaban al mercadillo a través de los gitanos. Mi madre, con ese amor que todo lo entiende, me dio las 100 pesetas para el cine y algunos gastos. Había estado toda la semana bordando paños para sacar esas monedas. Antes de salir, nos miró y nos lanzó un mensaje simple pero cargado de ternura: “Tengan cuidado.”

 

Con la emoción de la moto nueva y el asfalto reluciente, bajamos por La Asomadilla hasta San Roque. La alegría del estreno traía también la imprudencia de la juventud. Aquella máquina corría como un demonio, y con ella, el entusiasmo del piloto… y la inconsciencia de los 16 años.

 

Hasta que una curva cerrada, con gravilla traicionera, nos enseñó la lección. Íbamos tan rápido que terminamos escalando una pared de más de dos metros. La moto quedó maltrecha. Nosotros, con rasguños y heridas por todos lados. A un lado, unos hierros sostenían una tubería aérea, y entre sus puntas afiladas quedaron colgadas las juntas del retrovisor. Nos salvamos de milagro.

 

 

Mi pullover quedó rasgado por el costado, y nuestros sueños, hechos trizas. Fue una caída dura. De cuerpo y de alma. Una de esas “galletas” —como llamamos en el argot motero a las caídas— que duelen más en el orgullo que en la piel.

 

Volvimos a casa, después de los remiendos técnicos y emocionales, heridos por fuera… y por dentro. Mi madre me vio llegar cabizbajo, golpeado, desilusionado.

 

Después de las clásicas reprimendas, abrió su costurero. Mientras yo le contaba la historia, comenzó a zurcir el costado de aquel pullover que tanto me gustaba. Como si coser la tela también ayudara a sanar la memoria. Quiso borrar lo malo de inmediato, como hacen las madres: apartan los recuerdos oscuros y abrazan el amor de los suyos.

 

Sus rezos, su cariño silencioso, y sus lecciones de prudencia fueron ese regalo invisible que la juventud a veces no sabe valorar. Aquella fue una de mis primeras “galletas” de verdad. De las que se pagan con dolor, pero que con el tiempo se agradecen.

 

Una caída más… pero también un paso hacia la experiencia. Un aprendizaje para no olvidar. Y un recuerdo que hoy, con cariño, se convierte en historia.

 

 
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