09 de Septiembre de 2025
Un relato de Feli Santana
Siempre que regreso a mi barrio, regreso también a mi infancia. Es como viajar en el tiempo y reencontrar todos aquellos elementos de un pasado que nos trajo en volandas hasta el presente, entre el eco de los barrancos y el sonido de los tubarros.
Al final de La Gavia —ese pequeño barrio de nuestra isla de Gran Canaria— se manifestó, casi sin darnos cuenta, toda una revolución del motorismo de ayer. Una revolución que nos alcanzó de lleno y nos metió en la guardia permanente de entender el mundo en dos ruedas. Gracias a las motos nos abrimos camino en la sociedad, vivimos las transiciones con el pulso del acelerador como mando de luces del entendimiento, y encontramos la evolución del futuro a través del sonido y la presencia de cada nueva máquina que llegaba.
Esta nueva perla de la memoria la descubrí charlando con mi tío Antonio, que ya supera los ochenta años y siempre fue notario atento de mis leyendas y vivencias. Recordaba que, en los años sesenta —cuando yo apenas empezaba a nacer y a morder el chupete— las motos que destacaban en el barrio eran pocas, pero señoriales. La Triumph de Santiago Valido, la Francis Barnett del abuelo Miguel —primeras en llegar allá por los cincuenta—, la Sanglas de Antoñito Tejera “el ranchero”, la Vespa de Miguel “el de Román”, la MKII “Agricultura” de Antoñito Herrera, la mítica Bultaco Tralla 101 de Lorenzo, la Derbi “Motor de Hoyo” de Segundino Herrera —que terminaría en tragedia al estrellarse contra la valla del Lomito la Pepina—.
También estaba la Montesa Brío de mi tío Domingo Fleitas, que llegó a transportar hasta cuatro pasajeros. Bastaba con parar en el camino, agacharse sobre el depósito y decir “¡súbase, cristiano!”. Y allí iban, amontonados en equilibrio entre risas.
La Bultaco Mercurio de Juan Déniz, la Metralla de Floro, la Norton 500 de Tito Robaina, la Vespa de Yeyito, la Montesa Impala de Félix Reina, las MV Agusta de Domingo Pérez y de Antoñito Sánchez —que me atropelló en 1967, cuando apenas tenía tres años—. Y aún más: la Rovena de Manolo Morales, la Garelli de mi tío Antonio, la Mondial de Domingo Pérez, la Antorcha primera serie de Juan Monzón, la moto de Pepe González, la de Pepe Reina, la de Pepe “el Chocho”... Era la nueva hornada de motos obreras que reinaban a finales de los sesenta, mucho antes de la multiplicación de especies que trajo la siguiente generación setentera, ochentera y noventera.
No pretendo hacer aquí un inventario exhaustivo. Sería interminable, porque el 80% de los padres de familia y jóvenes del barrio tenía una moto obrera en los setenta. Aquello era un enjambre constante de idas y venidas, con pegas para ir al trabajo y sueltas al terminar la jornada.
En la Era de la Tosca, frente a la tienda de Irenita y delante de las cuevas de la montaña, se extendía un amplio aparcamiento tallado en la roca, como un balcón aéreo sobre el barranco La Pepina y la montaña del Palmital. Allí paraban las motos, fin de la pista de tierra que llegaba al barrio. Los motoristas se metían en la tienda, bebían ron, jugaban a la baraja y mataban las horas hasta bien entrada la tarde.

Fue allí donde Lorenzo Déniz aparcó su Bultaco Tralla 101 —la primera motocicleta que fabricó Bultaco, brillante motor de 125 cc, más de 12 CV para apenas 90 kilos de peso, una joya de parte ciclo y prestigio inmediato— contra la pared de piedra, a pocos metros del desnivel. Aquella noche, tras varias copas de más y una embriaguez peligrosa, decidió marcharse sin calcular las consecuencias.
Arrancó la Tralla, maniobró y, con la mala fortuna de enfilarla hacia el borde de la Era, no pudo detener el avance. La moto y su piloto volaron por el risco: más de veinte metros de caída vertical por un terraplén, hasta estrellarse en el fondo del barranco, junto al estercolero de las cuevas-alpendres de Pepito Ramírez.
De milagro, Lorenzo salió ileso. La caída le arrancó la embriaguez de cuajo. Como pudo, sacó la moto por el camino de la Umbría y regresó a la carretera. Eso sí: sin casco, sin guantes, sin equipamiento… como se corría entonces, con más fe que protección.
Fue la primera vez que asistimos al vuelo incontrolado de un Bultaco en el barrio. Medio siglo después, mi curiosidad me llevó a rescatar la anécdota de la memoria de mi tío. Y todavía hoy, su esencia nos recuerda lo que fuimos: una juventud atrevida que aprendió a vivir y a soñar sobre dos ruedas.