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“Historias de un amor de moto”, en el Desayuno Dominical

28 de Febrero de 2021

“Historias de un amor de moto”, en el Desayuno Dominical

Feli Santana: “La mejor historia de amor jamás contada entre un perro y una moto”

  • En el papel de Romeo, el perro de Don Pepito, "el rubio"
  • En el papel de Julieta, la Ariel Square Four 1000 de Don Heriberto Valerón

 

Esta es la historia que algunos abuelos contarán a sus nietos, sentados a su alrededor y con cara de angelitos abrirán los ojos como platos ante el encantamiento del cuento y la ilusión de un amor llamado “Ariel”. Estos hechos reales acontecieron en los años 50, entre nuestro anfitrión D. Heriberto Valerón y sus circunstancias de amor por las motos. Nos remontamos con pinceladas a las vivencias de su niñez para poder entender mejor tales pasiones moteras…

 

Heriberto Valerón nació en la villa de Ingenio en 1940. Desde muy de pequeño montaba la burra del abuelo para ir al cercado a subir a la copa de la higuera para coger un balde de brevas para la abuela. ¡Canta Heriberto, canta mi niño! le decía el abuelo para que no se comiera la fruta madura.

 

Su padre fundó en los años cincuenta el cine Valerón, en Ingenio. Él le acompañaba en la camioneta familiar a todas partes. Ya había probado con habilidad sus primeras motos. La Guzzi Hispania del hermano, que compró para ir a la mili y con la que se dio un talegazo que la dejó toda cambada, con ella se soltó a los diez años y empezó hacer sus pinitos. La Vespa que compró el otro hermano, una moto con matrícula GC “ocho mil y pico”, que acabó 15 años después en el establo, desarmada en sus prácticas de mecánico. La Ducati 200 Elite, de la que Juan Artigas decía; ¡Cuidadito con esa moto, no poner nunca la cuarta, solo tercera, que es peligrosa! La Velocette, las Scott e infinidad más de las que no recuerda bien sus modelos.

 

 

Fue un chófer magnífico, profesión que le pidió a su padre ya que gozaba de habilidad y criterios para ello, Se hizo distribuidor de varias marcas que ponía en el vestíbulo del cine para venderlas, entre ellas La Minsa, Ginson, Derbis, etc. Los primeros coches de transporte del sur eran del abuelo, socio fundador de la empresa de transportes Sirasa. El Kreiler de llantas de madera, que hacía un ruido tan espantoso que protestaban los pasajeros. Para mitigarlo, cogía una lata de agua que llevaba en el guardabarros y se la echaba a las llantas que al hincharse dejaban de aullar como condenadas.

 

Cierto día del año 1957 que fue al “Garaje Cune” con su padre, observó una caja de madera grande embalada y en su curiosidad de niño preguntó que había en la caja, entonces le comentaron que ellos distribuían motos y que allí estaba una moto de 10 caballos (1.000cc); una Ariel Square Four. Inmediatamente se enamoró de aquella sorpresa que venía en la caja y comenzó el idilio que le llevó a buscar información sobre esa montura inglesa, mientras adquirió más motos que arrimaba en el garaje de los sueños.

 

La moto del “Garaje Cune” estuvo dos años sin venderse. Era grande y poco usual. En 1959, por fin la compró D. José Forteza, que años después vendió al practicante de Gáldar, D. Juan Daniel Mendoza. Por último, fue a parar a manos de un camionero que transportaba tomates de la Aldea de San Nicolás al Muelle de La Luz (Las Palmas de Gran Canaria) y que la usaba para bajar por el “Andén Verde” a recoger el camión y volver a diario a Barrial, a su casa. Este señor se llamaba D. José Pérez Diepa, más conocido por Pepito “el rubio”. 

 

 

El relato continúa una tarde a principios de los años 80, cuando la figura de Heriberto Valeron aparece paseando con su Singer por las calles de Barrial, Gáldar, y la sorpresa que le produjo descubrir debajo de la caja de escalera de una casa terrera, la Ariel de sus amores; esa que llevaba tantos años buscando.

 

Preguntó por el dueño: “Pepito, el rubio”, le dijo, advirtiéndole que aquella moto no se vendía porque aunque ya la cogía poco, “era la moto de su perro”, ese amigo perruno que le acompañaba detrás a todas partes. Un pastor hogareño, que le seguía todas sus conversaciones y soledades. El perro estaba listo siempre para partir. De hecho, todos la conocían como “la Ariel de Pepito el rubio y su perro”, un trío inseparable. Heriberto insistió con la magua de haber encontrado su amor de niñez y Pepito le tomó el compromiso de que “si la vendía, sería a él”.

 

Pronto preguntó Pepito a Heriberto por un coche pequeño para la mujer. Fue el pasaporte y la excusa perfecta para el cambio de un coche restaurado y nuevo por una moto usada y sin restaurar. Mientras, el perro seguía angustiado las conversaciones de su dueño con Heriberto. Cabizbajo rodeaba al dueño y a su moto, adivinando las intenciones y protegiendo su propiedad emocional.

 

El día que Heriberto le llevó el coche a Pepito, no pudo traerse la moto, el animal se olía algo y se puso a llorar, molesto ante la consecuencia imaginaria de perro. Pepito receptivo con su amigo, le pidió unos días, que amarraría el perro en la azotea, para que no lo viera cuando fuese a buscar la moto. Quedaron en que Heriberto sacaría la moto y se la llevaría parada, calle abajo, para así no intimidar al animal. Y así sucedió, la moto se fue de Gáldar para Ingenio, no sin ser testigo del llanto intuitivo y continuo de un perro sensible, que lloraba en su celda una partida inimaginable.

 

Veinte días más tarde, llamó Heriberto a Pepito para los trámites de la documentación y el traspaso de la moto. Este no pudo contener el disgusto y le comunicó que “el perro dejó de comer y murió de pena”. Triste final de aquel amor entre un perro y una Ariel Square Four 1000, digno Romeo emocionante de mención y bellos recuerdos hacia su Julieta. 

 

La moto se fue al municipio de Ingenio al barrio del Cristo y allí comenzó un nuevo amor con Heriberto Valerón, que acabó vendiendo todas sus motos clásicas, para conseguir restaurarla. Cierto día que mandó al chatarrero a recoger unos hierros del garaje, se llevó la culata desmontada de la Ariel que tenía sobre la mesa “por error” y tras tremendo disgusto y persecución, no llegó a tiempo de que el desguace la despachara para la península en un contenedor de reciclaje.

 

Consiguió una nueva en Inglaterra, que le costó un riñón y ocho días para pensarlo ya que la estaban reclamando para otro cliente en Australia. La trajeron y empezó otro calvario, noches sin dormir esperando el final interminable de aquella restauración, que duró más de cinco años. Quizá fuera debido al “karma perruno”, pero cuando al fin la tenía en sus manos terminada en perfecto estado de uso, se pasó días haciendo el rodaje y derramando lágrimas de emoción por el sufrimiento y la alegría de poder disfrutar al fin de su amor de niñez, la Ariel Square Four 1000.

 

Hoy es la reina del garaje. Luce palmito y sonido orgullo de su dueño, D. Heriberto Valerón, que esperó más de cincuenta años para disfrutar de su flechazo existencial. Una alegre e intensa historia de amor que hoy vuelve a estar en manos de su salvador definitivo, no sin la tragedia de un animal que murió de amor por su moto británica.

 

Feli Santana - Org. Viejas Glorias Canarias

rinconviejasglorias@hotmail.com

 
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