14 de Julio de 2025
Un relato de Feli Santana
La primera referencia histórica a las carreras de cintas se remonta al año 1527, cuando se celebró una fiesta con motivo del nacimiento de Felipe II. En aquella ocasión, se denominaban así por las cintas que se entregaban como premio a los jinetes que lograban ensartar una anilla a caballo. Estas cintas se lucían con orgullo en futuras competiciones como símbolo de destreza y prestigio.
Este antiguo juego ecuestre, con registros en Tenerife desde los albores del siglo XVI, resurgió en Gran Canaria siglos después con nuevas variantes. A principios del siglo XX, durante las fiestas de La Naval en Las Palmas (1910-1920), comenzaron a celebrarse carreras de cintas en bicicleta. Las bicicletas habían llegado a la isla hacia 1860, y el circo Cuyás incluso contaba con un velódromo donde se ofrecían espectáculos de equilibrio y destreza.

En este contexto, Manolito “el Latonero” de Arucas se convirtió en un brillante campeón de estas pruebas. Su habilidad lo llevó a participar en numerosas fiestas a lo largo de la isla, cosechando cintas y el reconocimiento del público.
Las motos entran en escena
A mediados del siglo XX, concretamente en los años 50, las carreras de cintas en moto comenzaron a ganar popularidad en zonas cercanas a la capital grancanaria. Con el auge de una nueva sociedad más activa y con afán competitivo, nacen también otras pruebas como las carreras de velocidad, los kilómetros lanzados, las gymkhanas, los rallyes o las subidas en cuesta. En muchas ocasiones, las carreras de cintas se integraban como parte del entretenimiento en los tramos de llegada o intermedios de los rallyes.

Durante las décadas de 1960 y 1970, en plena expansión industrial, las gymkhanas y las carreras de cintas se mantuvieron vivas sobre todo en barrios periféricos, donde abundaban las motos de pequeña cilindrada —las llamadas “motos obreras”—, en una época en la que el transporte público aún era insuficiente. Barrios como La Gavia, San Roque, El Pino Santo o núcleos del norte como Gáldar, Guía y Arucas, acogieron estas carreras como parte destacada de sus fiestas populares.
En ellas, además del honor de lograr una cinta, los ganadores recibían a menudo el beso simbólico de las candidatas a reina de las fiestas, lo que sumaba un componente social y romántico a la hazaña motera.

Las Cintas en Las Goteras
Hoy en día, esta tradición sobrevive en eventos moteros como el Retromot Serpiente, los encuentros de clásicas del Sauzal o el mítico Viejas Glorias Canarias. También en barrios como Las Goteras —situado entre Telde y Santa Brígida—, donde esta entrañable práctica lleva 24 años ininterrumpidos gracias a la pasión de dos animadores locales: Tony y Beatriz, del Vespa Club "Los Impresentables del Garaje Isla Perdida".
Colaboradores habituales del Viejas Glorias Canarias, Tony y Beatriz han mantenido viva la esencia de las carreras de cintas en moto. Desde su pequeño barrio, de orografía casi escondida, recrean cada año este homenaje a la moto de pequeña cilindrada, tan popular en la década de los 70 en La Gavia, San Roque o La Atalaya.
La familia Santana, encabezada por Tony, es el alma máter de estas celebraciones. Reúnen amigos, motos clásicas —Puch, Derbi, Vespa, Rieju, Fantic, Bultaco, Ossa…— y pasión. Es un evento con sabor “canarión”, con alma propia y con un espíritu que se resiste a desaparecer.

Un clásico llamado Tino Suárez
Durante la última edición, se rindió homenaje a uno de los grandes veteranos de esta disciplina: Tino Suárez, del barranco Las Goteras. Lleva 46 años participando en carreras de cintas. Sus amigos y vecinos le entregaron una placa conmemorativa como testimonio de su entrega al motociclismo popular.
Tino sigue compitiendo con la misma moto desde los años 70: una Kawasaki 500. Cuando me dijeron que le harían un homenaje, dudé si le reconocería. Al verlo de cerca, se despejaron mis dudas y le abracé con la emoción de los reencuentros verdaderos. Me recordó que fui yo quien organizó su primera carrera de cintas, allá por 1980, en La Gavia. ¡Aún conserva los trofeos de entonces!
Posee 56 trofeos y un sinfín de recuerdos, como los partidos de fútbol en la piconera del Lomo Peña durante nuestra juventud. También evocamos aquella época dorada en la que los barrios de Telde, Valsequillo, Santa Brígida y el norte entero vivían al ritmo de las cintas, la gasolina y la emoción.
Antes, no había WhatsApp ni teléfonos móviles. Todo se organizaba a golpe de boca a boca, apuntando en papel las fechas de las fiestas para no perder ninguna.
Su mujer y su hijo recuerdan cómo lo acompañaban en el furgón, con la moto bien amarrada, listos para no faltar a la cita. Hoy, Tino sigue siendo el mismo romántico sobre ruedas. Su Kawa 500, envejecida con dignidad, es símbolo de una época y de una forma de vivir el motociclismo.

Un legado que no se detiene
Con Tino, con Tony y con todas las personas que mantienen vivas estas carreras, celebramos una forma única de entender el motociclismo: popular, auténtica, cercana. Una tradición que no debe perderse, porque lleva en sus cintas el lazo de unión entre generaciones, el pulso del pueblo y el alma de la moto.