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El streetfighter canario nació con una Puch que volaba bajo

30 de Julio de 2025

El streetfighter canario nació con una Puch que volaba bajo

EL PUCH MINICROSS “TOCADO”, un relato de Feli Santana

 

Una Puch Mini Cross, una apuesta, y el rugido de la noche

 

A medida que los recuerdos se agolpan —síntoma claro de edad y experiencia—, uno siente la necesidad de dejar por escrito esos pasajes que nos hicieron felices, especialmente cuando las motos formaban parte esencial de la historia.

 

Los ciclomotores fueron el primer gran símbolo de madurez. Tener uno, ya fuera regalado por un hermano, heredado de la familia o comprado tras ahorrar “la pasta gansa”, suponía alcanzar un nuevo estatus en nuestra juventud. Las pequeñas cilindradas de los 70 y 80 eran mucho más que motos: eran libertad, pertenencia, identidad.

 

Yo estuve casi dos años esperando que mi hermano destrozara la Puch Mini Cross de primera serie. Durante los tres primeros meses, le daba caña a conciencia, tratando de partirla. Pero aquella máquina —una obra de arte española— tenía de todo menos debilidad. Aguantó como una campeona las bestialidades de Tavo, mi hermano.

 

Él estaba obsesionado con la velocidad. Le metió un kit rectificado para ir más rápido por las carreteras de los alrededores. Bajar y subir a Telde, Valsequillo o La Atalaya era el pan de cada día. Pero Tavo no tenía límites: era de los que creían que las fronteras eran mentales. Andaba de la seca a la meca sin permiso, movido por su instinto rebelde y su ansia de experiencias.

 

Y yo, cada vez que veía mi futura Puch, temía que no sobreviviera al trato salvaje al que estaba siendo sometida.

 

Dos años después, con la moto bastante “tocada”, me la entregó. Había encontrado un Volkswagen Escarabajo y se pasaba a las cuatro ruedas. Así que, con más pena que gloria, me convertí en el dueño del maltrecho ciclomotor. Lo primero que hice fue cambiarle los golpes por cariño, y el abandono por brocha fina.

 

Desmonté el tanque y le hice unas pintadas creativas. Nada que envidiar a los hindúes que decoran las Royal Enfield con pinceles finísimos. Quité los guardabarros metálicos, puse unos de plástico más bajos, monté un grupo rectificado de 74cc que me costó 14.000 pesetas y un carburador Mikuni de 18 mm. Dejé detalles estéticos bien cuidados por todo el chasis. Al final, aquello no era una Puch Mini Cross de 49 cc, era un híbrido, una transformer, el inicio del streetfighter canario... ¡Lástima haber perdido las fotos!

 

El cambio fue un impacto. Pronto me empezaron a pedir “tuneos” similares para las motos de la peña, sin saber que estábamos siendo testigos de una evolución motera: la personalización artesanal.

 

 

La noche del pique

 

Una noche salimos con los de siempre: Isidro Herrera con su Montesa Rápita, Juan con la Derbi, Pepe con la Borrasca… Un grupito tranquilo. Volvíamos del Calero, tras un cruce de palabras con una banda de Honda 70, presumidas y retocadas. Les habíamos notado los cornetines en la admisión y algún que otro escape modificado. Estilo Quadrophenia, pero en versión tropical.

 

Usamos la táctica de siempre: subir suave, hacerles creer que sus motos eran superiores... y provocar el pique. Funcionó. Nos adelantaron crecidos y nos esperaron en el callejón del Castillo, en Telde. Serían las 11 de la noche, todo en calma en la ciudad dormitorio.

 

Entonces llegó la apuesta:

 

–“A ver si tu moto anda más que la mía…”

Y acepté el reto con mi Puch “tocada”, contra una de sus “setentas maquilladas”.

 

El recorrido: desde la curva de Los Picachos hasta Correos de San Juan, pasando por la recta del mercado municipal y el teatro Juan Ramón Jiménez (que entonces eran plataneras cercadas con muros). Se giraba por la antigua Casa de Socorro, bajando junto a los institutos, se doblaba la esquina del polideportivo, y se remataba con una recta de 300 metros hasta llegar a Correos.

 

Yo sabía que, en reprís, el dos tiempos español se los comía. Así que le dije que arrancara primero, que yo lo seguía.

 

Y así fue. En la soledad de la noche, sin casco, y con la euforia propia de la juventud más insolente, comenzamos a meter marchas como locos. En segunda ya lo estaba adelantando, sobrado. Llegué a la Casa de Socorro con 20 metros de ventaja. La curva a derechas la hice como un tiralíneas suicida. La de izquierdas, a ras del bordillo, con las suspensiones hundidas y el freno al límite.

 

Recuerdo que el sonido del cuatro tiempos japonés se apagó de repente. El pibe había entendido que el Puch volaba… y también que no valía la pena matarse por recuperar la ventaja. Levantó el gas y, al llegar, exclamó sorprendido por el rendimiento de mi moto, buscando excusas humildes para suavizar el golpe moral.

 

Nos dimos la mano. Quedó en eso: una apuesta limpia, sin rencores. Pero en las tertulias de las bandas, ya se hablaba de la lija que le metimos al "pijo de la setenta trucada". Desde entonces, que yo recuerde, nunca más hubo piques entre ambas monturas en las calles de los pueblos cercanos.

 

¡Qué locura! ¡Qué suicidas!

 

 
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