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De Canarias a la Patagonia (8): La Pampa de los 73 malditos

23 de Marzo de 2026

De Canarias a la Patagonia (8): La Pampa de los 73 malditos

Octavo capítulo del viaje en moto al Fin del Mundo

 

Un relato de Feli Santana

 

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Dicen que hay caminos que no se recorren… se sobreviven.

 

La Pampa patagónica no es solo un lugar en el mapa. Es una prueba. Un territorio donde la tierra parece infinita, donde el horizonte no promete nada y el viento sopla como si quisiera borrarte del paisaje. Aquí el viajero aprende rápido que no existen los atajos: todo es distancia, silencio y resistencia.

 

Rectas interminables atraviesan la llanura como cicatrices abiertas. El cielo, inmenso y despiadado, observa sin pestañear mientras el ripio cruje bajo las ruedas recordándote que cada kilómetro hay que conquistarlo.

 

No hay refugio.

No hay distracción.

Solo el avance… o el abandono.

 

 

En este mundo duro el tedio se convierte en enemigo, el cansancio en trampa y el tiempo deja de medirse en horas para contarse en kilómetros de resistencia.

 

En medio de esa inmensidad aparecen las estancias, verdaderos oasis de vida en mitad de la nada. Allí el hombre ha aprendido a convivir con la naturaleza, no a vencerla.

 

Recuerdo la estancia del amigo Toncho.

Decía, con la naturalidad de quien conoce bien su tierra, que recorrer sus dominios llevaba siete días a caballo. Siete días. Allí el tiempo tiene otro peso y la tierra otra escala.

 

Ganado, caballos, lagunas y aves conviven en un equilibrio silencioso que parece desafiar el vacío que lo rodea.

 

Pero más allá de esos refugios la Pampa vuelve a imponer su ley.

 

El frío aparece sin aviso. No es un frío cualquiera: es el aliento de los glaciares del sur que atraviesa la llanura. Un frío que no descansa… y que tampoco te deja descansar.

 

Y entonces llega el tramo que da nombre a esta jornada.

 

Los 73 malditos.

 

 

Setenta y tres kilómetros de ripio brutal entre Tres Lagos y Gobernador Gregores. Piedra suelta, viento cruzado, silencio absoluto. No hay cobertura, no hay ayuda, no hay margen para el error.

 

Solo tú, la moto…

y la voluntad de seguir.

 

Atravesamos estancias solitarias —La Paloma, La Criolla, El Unco— como testigos mudos de la travesía. Y en medio de la nada aparece Bajo Caracoles, un pequeño espejismo de humanidad.

 

Un puñado de casas enfrentadas al viento. Allí los niños corren hacia los viajeros, no por dinero… sino por pegatinas. Trofeos que cubren paredes, surtidores y cada rincón del lugar.

 

En ese confín del mundo los moteros dejan su marca como quien escribe su nombre en la eternidad.

 

 

Seguimos.

 

Valles secos, lagunas vacías, ríos que apenas susurran su antiguo cauce. Después aparece una recta imposible: cuarenta kilómetros de línea perfecta donde la mente se apaga y el cuerpo entra en piloto automático.

 

Las Horquetas.

Estancias Silvana y Thelma.

Puntos en el mapa que aparecen y desaparecen sin ruido.

 

 

Hasta que finalmente surge Gobernador Gregores.

 

No es solo un destino.

Es alivio.

Es calor.

Es la certeza de haber cruzado uno de esos lugares que no se olvidan… porque te transforman.

 

Porque hay rutas que cuentan historias.

 

Y luego está la Ruta 40, que las forja.

 

 

Por estos caminos también pasó un joven desconocido que aún no era leyenda: Ernesto Che Guevara. Antes del mito, antes de la revolución, fue solo un viajero más enfrentándose a esta inmensidad.

 

Junto a Alberto Granado, recorrió estas tierras sobre una vieja Norton 500 de 1939, a la que llamaban La Poderosa.

 

Una máquina frágil para un territorio implacable.

 

Pero no era la moto lo importante.

 

Era el viaje.

 

Porque en rutas como esta no se mide la distancia recorrida…

sino en quién te conviertes al atravesarla.

 


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