19 de Marzo de 2026
Quinto capítulo del viaje en moto al Fin del Mundo
Un relato de Feli Santana
La etapa de hoy nacía breve, casi contenida, marcada por una cuenta pendiente: el ventisquero del Parque Nacional Queulat. Ayer lo intentamos, pero la niebla cerró el telón antes de tiempo. Hoy volvimos a jugar esa carta, confiando en una tregua del cielo. No llegó. El dios de las borrascas volvió a negar el espectáculo, aunque, caprichoso, dejó caer pequeñas recompensas entre la lluvia.
En la voz de la gente se repite una idea: el clima ya no es el mismo. Más días grises, más agua de la habitual. Patagonia, que nunca escatimó en lluvias, parece ahora recrearse en ellas. Este verano austral ha despertado tarde, como si aún no quisiera abandonar el invierno.
Con los chubasqueros como segunda piel y el ánimo bien sujeto, retomamos la carretera. Puyuhuapi queda atrás, adormecido, reflejado en la quietud de su fiordo, como si el verano no hubiera llegado del todo. Avanzamos bordeando sus aguas solo para confirmar lo inevitable: el ventisquero será, por ahora, una imagen incompleta, mitad fotografía, mitad imaginación.

Seguimos. Cambiamos el rumbo hacia el este, hacia la promesa de la pampa abierta.
El fiordo se estrecha en su extremo y la selva patagónica se despliega con una fuerza casi desmedida. Plantas gigantes, ñameras que abren sus hojas como paraguas imposibles, tallos gruesos como mangueras: un último golpe de naturaleza salvaje, densa, casi asfixiante. Es el cierre del “infierno verde”.
La cuesta Queulat nos recibe con su desfile de curvas. Ascendemos por la Ruta 7, entre giros constantes, hasta alcanzar el Salto del Cóndor. Allí queda la opción de descender a Puerto Cisnes, pero seguimos adelante, hacia El Carmen y Villa Amengual. La pista mejora, el paisaje empieza a transformarse. En la Reserva Nacional Lago Las Torres, tras La Cadencia, algo cambia: la vegetación se abre, la luz entra, el territorio respira.

En Villa Mañihuales encontramos ese punto de inflexión. El valle se ensancha y, con él, también nosotros. Dejamos atrás la Patagonia más cerrada, la de fiordos, ríos indomables y montañas inaccesibles. Queda la sensación de haber superado un primer reto, de haber atravesado una tierra compleja, húmeda y escondida.
El viaje continúa hacia puerto Aysén, por las turbinas, para desviarnos en el Balseo en dirección a Coyhaique, continuamos valle arriba por Farellones, divisando cascadas y saltos magníficos ahora sobre un firme rápido, casi amable. Por fin, un respiro. La conducción se vuelve fluida y el paisaje acompaña con horizontes más generosos. Coyhaique aparece al fondo, asentada con firmeza en un valle amplio, como un destino que se deja ver con calma.

Al llegar, mientras dejamos atrás el verde húmedo de la jornada, resurgen las conversaciones. Cada uno interpreta su propia experiencia: sorpresa, frustración, admiración. Viajeros que aceptan —a regañadientes o fascinados— la lotería del tiempo en Patagonia.
Quizá el premio esté más al sur. Todo apunta a que el cielo comenzará a abrirse. La pampa ya asoma y la aventura continúa...