18 de Marzo de 2026
Cuarto capítulo del viaje en moto al Fin del Mundo
Un relato de Feli Santana
Tras partir de Arrayán, conectamos acompañando el río Futaleufú. Un cauce fluvial, alimentado por los lagos del Parque Nacional Los Alerces, en la provincia del Chubut (Argentina), atraviesa la cordillera de los Andes hacia Chile, desembocando en el lago Yelcho. Así lo describe Wikipedia… pero la realidad va mucho más allá.
Su belleza se sostiene en dos verdades absolutas: sus rápidos, de los mejores del mundo para el rafting, y el color turquesa de sus aguas, que enamora el alma viajera. Si a todo esto le sumas un ripio alegre y ondulado, curvas suaves dibujadas a tiralíneas entre el bosque de ribera… la sensación es la de volar, como en el Rally de los Mil Lagos de Finlandia.
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Demasiadas emociones juntas. Tanto que rozan el riesgo: caer al río o perderse en la contemplación. Todo es tan fascinante que alimenta el éxtasis del viaje. Este desagüe natural surca el valle hacia Puerto Ramírez y Santa Lucía, envuelto en bosques antiguos. El valle se abre imponente al cruzar el Parque Nacional Palena, a la altura de La Junta. Estamos en el corazón verde de la Patagonia, donde el mar y los lagos se confunden por su abundancia e inmensidad.
El ritmo del equipo ha sido sólido. Las KTM —auténticas patas negras de la aventura— se desenvuelven en un terreno que parece hecho para ellas. La cobertura técnica guía con profesionalidad cada tramo, fusionándose con este botín de naturaleza brutal.
Continuamos hacia Vista Hermosa y la laguna Los Pumas, hasta encontrarnos con ese brazo marino que se adentra en los Andes: el mar de Puyuhuapi.
Aquí, en sus estancias junto al agua, hicimos parada en una expedición anterior. Y surge una anécdota —de la que solo Elías guarda memoria—. Nos alojamos en una cabaña de madera junto al mar. La dueña, una alemana de carácter… casi de sargento mayor, nos obligó a desnudarnos en el jardín y prohibió terminantemente entrar con botas o ropa mojada.
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Los guías contaban que la ilustre señora —siempre de fuerte temperamento— había enterrado recientemente a su marido en el jardín del hotel. Para tener cerca con quién desahogar sus furias, imaginamos.
Aquella noche terminó entre vino y guitarras en el restaurante Calafate, en la esquina de la ensenada. Regresamos desfilando entre risas, intentando no despertar a la “imaginaria”.
Seguimos bordeando el fiordo, pasando el aeródromo de Puyuhuapi, hasta alcanzar nuestro destino final en Los Coihues. Allí, el ventisquero colgante del Parque Nacional Queulat impone su espectáculo helado sobre el abismo.
La borrasca no da tregua al equipo Valsebike —que se lo toma todo con humor—, llegando incluso a pensar que la próxima aventura debería ser submarina: neoprenos y motos de agua.
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De regreso a Vista Hermosa, el calor de las cabañas y sus instalaciones reconforta. Se instala esa sensación de estar viviendo algo que quedará para siempre, compartido en buena compañía.
Patagonia tiene dos caras: la brutal, de infierno verde y agua que castiga; y la romántica, cuando el sol rompe entre nubes y revela el edén.
Esperamos encontrar pronto la segunda.
Esto apenas está calentando motores… y aún quedan muchos kilómetros para llegar al fin del mundo.