26 de Marzo de 2026
Duodécimo capítulo del viaje en moto al Fin del Mundo
Un relato de Feli Santana
Hoy no es un día cualquiera. Hoy se atraviesa una frontera invisible: la de los mapas soñados. La de los nombres que uno ha leído desde niño y que, de pronto, aparecen frente a los ojos con toda su carga histórica. Hoy toca Magallanes.
Hubo un tiempo en que el mundo terminaba en incógnitas. En ese tiempo, Fernando de Magallanes avanzaba hacia el sur bordeando un continente que parecía no acabarse nunca. Y entonces, casi como si el océano quisiera ayudarle, la corriente del Atlántico empujó sus naves hacia una grieta abierta en la tierra.
Un pasaje.
Un susurro entre dos océanos.
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El Estrecho de Magallanes.
Dicen que el 21 de octubre de 1520 divisó un cabo y lo llamó de las Once Mil Vírgenes. Dicen que el 1 de noviembre, día de Todos los Santos, decidió internarse en aquel laberinto de agua y montañas. Pero lo que no cuentan los libros es el silencio, la incertidumbre y el peso de aquel descubrimiento.
En la noche vieron fuego en las orillas. Hogueras que brillaban en la oscuridad y que delataban que esas tierras ya estaban habitadas mucho antes de ser nombradas. Así nació el nombre de Tierra del Fuego, no como conquista, sino como impresión: una visión ardiente en medio del frío.
Hoy, siglos después, cruzar el estrecho sigue teniendo algo de ritual.
En Punta Delgada el viento no sopla: embiste. Todo parece provisional, como si el paisaje pudiera desaparecer en cualquier momento. Desde allí, en la Primera Angostura, embarcamos rumbo a la Isla Grande de Tierra del Fuego.
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El ferry avanza, pero no manda. Es la corriente quien decide. El agua empuja, gira y retuerce la trayectoria. Cruzamos de lado, como si el mundo estuviera ligeramente torcido.
Al otro lado, el paisaje parece el mismo… y sin embargo todo cambia.
La tierra se abre en llanuras interminables, de un amarillo pálido, como lana esquilada demasiado pronto. El cielo cae bajo, pesado, gris. El frío no se siente: perfora.
Aparece Cerro Sombrero, una pequeña pausa humana en mitad de una geografía que parece no haber sido pensada para quedarse. Después vuelve el vacío, el horizonte plano y el viento golpeando sin tregua.
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La carretera deja de ser certeza y se convierte en una línea insinuada sobre la pampa. Avanzar es una decisión constante. Seguir es casi un acto de fe.
La frontera de San Sebastián no es solo un límite político: es un umbral. A partir de ahí el mundo se vuelve más crudo, más honesto. El paisaje deja de acompañar y comienza a desafiar.
El viento sacude las motos. El hielo golpea el casco. La visibilidad desaparece por momentos.
Y aun así seguimos.
No por lógica, sino por algo más antiguo: la necesidad de llegar al sur del mundo.
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La fatiga se acumula. No solo en el cuerpo, también en la mente. El frío constante, el ruido del viento y la monotonía del paisaje forman parte de una batalla silenciosa contra uno mismo.
Hasta que aparece Río Grande.
No como un destino, sino como un refugio.
Casas bajas, calles tranquilas, una luz tenue que anuncia descanso. Un café caliente deja de ser solo una bebida para convertirse en una forma de volver a la vida.
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Bajarse de la moto cuesta. El cuerpo está entumecido, como si una parte hubiera quedado congelada en la carretera. Poco a poco el calor regresa y con él la sangre y el ánimo.
Aquí, dicen, se registra la temperatura media anual más baja de toda Tierra del Fuego. No hace falta que lo expliquen: basta con sentirlo.
Pero el viaje continúa.
Más al sur espera Tolhuin, puerta de entrada al bosque magallánico: verde, denso y vivo. Como si la naturaleza decidiera devolverte algo después de haberte puesto a prueba.
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Y más allá, cada vez más cerca, aguarda el nombre que todos llevamos en la mente desde el primer día.
Ushuaia.
Quizá el final del mapa.
O tal vez el comienzo de una nueva forma de mirar el mundo.