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De Canarias a la Patagonia (10): Perito Moreno, el gran frigorífico abierto

24 de Marzo de 2026

De Canarias a la Patagonia (10): Perito Moreno, el gran frigorífico abierto

Décimo capítulo del viaje en moto al Fin del Mundo

 

Un relato de Feli Santana

 

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Las rectas interminables de la ruta parecían diseñadas para poner a prueba la paciencia… o para liberar el instinto. Las KTM naranjas devoraban kilómetros mientras el horizonte seguía alejándose, como si nunca pudiera alcanzarse.

 

Más de 400 kilómetros de ruta después, El Calafate dejó de ser un destino para convertirse en una necesidad. Pero ni siquiera allí terminó la jornada. Ochenta kilómetros más, casi por inercia, casi por devoción, nos llevaron hasta uno de los grandes templos naturales del planeta.

 

El glaciar Perito Moreno.

 

Porque el Perito Moreno no se visita.

Se encara.

 

La emoción aquí no estalla. Se congela. Queda suspendida en ese azul imposible que se filtra entre las grietas del hielo, como si la propia luz quedara atrapada dentro del glaciar.

 

Volver siempre es distinto.

Siempre lo es.

 

 

Hay algo de desafío en regresar a un lugar que ya te sobrecogió una vez. Pero también una certeza: nadie está preparado para lo que va a ver.

 

Frente a nosotros aparece una muralla viva de hielo de más de 50 metros de altura, respirando lentamente sobre el Lago Argentino. Un cuerpo helado que se extiende kilómetros hacia el interior del valle y que impone respeto desde el primer instante.

 

El glaciar no es silencio, como uno podría imaginar.

Tiene voz.

 

 

Cruje, se tensa, resuena desde dentro como si algo estuviera a punto de romperse… y de repente ocurre. El estruendo seco de un bloque que se desprende y cae al agua. Un golpe brutal que retumba primero en el pecho y después en los oídos.

 

Es la naturaleza marcando su propio ritmo.

 

Aquí, en el canal estrecho del lago, el Perito Moreno juega a ser frontera. En ocasiones avanza tanto que bloquea el paso del agua y crea una presa natural. El nivel del lago sube, la presión aumenta… hasta que el hielo cede en una ruptura espectacular que parece un ritual.

 

 

Y lo extraordinario es que puedes estar cerca. Muy cerca.

 

Las pasarelas permiten contemplar el glaciar casi cara a cara, sin filtros ni distancia suficiente para domesticar lo que estás viendo. No es un paisaje.

 

Es un acontecimiento.

 

El Perito Moreno desciende desde lo alto de los Andes, alimentado por nevadas invisibles, cruzando bosques silenciosos hasta terminar en el lago turquesa que refleja su grandeza.

 

Pero entre la admiración también aparece una grieta invisible.

 

 

Durante muchos años el Perito Moreno fue la excepción del planeta: el glaciar que seguía avanzando mientras otros retrocedían. Sin embargo, algo ha cambiado. Desde 2019 el equilibrio empieza a alterarse lentamente.

 

El hielo adelgaza.

Pierde anclaje.

Se fragmenta con mayor frecuencia.

 

Lo que antes era solo espectáculo… ahora también es advertencia.

 

Quizá por eso duele un poco más contemplarlo. Porque sigue siendo inmenso, sigue siendo hipnótico… pero ya no parece eterno.

 

 

Y aun así permaneces allí, entre la fascinación y una tristeza difícil de explicar.

 

Sabiendo que presencias algo irrepetible.

 

Que ese estruendo del hielo, ese azul profundo, ese bloque cayendo al agua… ya pertenece al recuerdo incluso antes de desaparecer.

 

El cénit de la etapa.

 

Y quizá también una despedida silenciosa.

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