13 de Enero de 2026
Crónica de una lección grabada en lava
A medida que uno investiga la historia de sus pasiones, aparecen pequeñas joyas con alma de cuento. Anécdotas que no dejan indiferente a nadie, que se aferran a la memoria del tiempo y que, más allá del recuerdo, encierran lecciones o denuncias silenciosas que explican una época y revelan sus virtudes
El trial llegó por primera vez a Gran Canaria de la mano de la Peña Motorista Gran Canaria, un club veterano fundado en 1960, pionero y auténtico valedor del motociclismo deportivo en Canarias. Velocidad, subidas en cuesta, los primeros TT… y también el trial encontraron su espacio gracias al empuje incansable de hombres que vivían la moto como una forma de entender la vida.
Entre ellos destacó Sergio Bolaños, mentor y organizador en una etapa de esplendor del motociclismo insular. Desde su tienda y taller, auténtico punto de encuentro de generaciones, abrió la veda de las competiciones y terminó enamorándose del trial, una modalidad tan técnica como elegante, que supo impulsar con trabajo, paciencia y visión.
El trial era un espectáculo bello e inofensivo. Un ejercicio de equilibrio, precisión y respeto por la máquina y el terreno. Sergio buscó siempre fórmulas para acercarlo al público, llevándolo por los pueblos de Gran Canaria y también a otras islas. Así fue como, a comienzos de los años setenta, la Peña Motorista Gran Canaria ofreció al Ayuntamiento de Arrecife una exhibición de trial en Lanzarote.
Media docena de pilotos viajaron con gastos y hospedaje cubiertos para ofrecer una demostración en los aledaños del Charco de San Ginés. Todo transcurría en una sintonía perfecta: deporte, curiosidad y afición. Los amantes del motociclismo de Lanzarote acudieron al encuentro, fascinados ante una disciplina difícil de comprender a primera vista, donde las motos parecían escalar la lava volcánica guiadas únicamente por la pericia del piloto.
Durante aquella larga mañana, las zonas —sencillas, sobre terreno volcánico— fueron marcadas suavemente por las maniobras. El público disfrutó de una actividad nueva, espectacular y aparentemente inocua, que despertaba pasiones y asombro a partes iguales.
Finalizada la exhibición, los protagonistas almorzaron y se dirigieron al muelle de Arrecife para embarcar esa misma noche rumbo a Gran Canaria. Pero entonces ocurrió lo inesperado.
Apareció un Land Rover de la Guardia Civil. Y junto a él, escoltado por los agentes, una figura irrepetible de la cultura canaria: César Manrique. En la mano llevaba una denuncia. El motivo: haber marcado con las ruedas de las motos un terreno virgen de lava.
La escena, hoy casi teatral, quedó grabada en la memoria colectiva. El artista, defensor incansable del paisaje conejero, actuaba movido por una convicción profunda: la protección del medio natural por encima de cualquier espectáculo, por bello que fuera.
La resolución del conflicto fue tan insólita como ejemplar. Pilotos y organizadores regresaron a las zonas utilizadas y, con hojas de palmera facilitadas por el Ayuntamiento, barrieron una a una las laderas volcánicas, borrando las huellas dejadas por las motos. Como si el viento de Lanzarote se llevara consigo la marca de aquella modernidad impetuosa.
Cumplieron. Todos. Sin protestas. Entendiendo la lección.
Gracias a ese celo férreo y visionario, Lanzarote es hoy un referente mundial de convivencia entre el ser humano y su entorno. El trial regresó a la isla como competición veinticinco años después, y hace ya más de dos décadas que no se celebra ninguno.
Pero aquella mañana quedó para siempre: como un cuento real, escrito sobre lava, respeto y memoria.