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Cabalgando sobre los sueños. Un relato de Mauricio Sedó

26 de Enero de 2017

Cabalgando sobre los sueños. Un relato de Mauricio Sedó

Cuando te encuentras con otro motorista, aunque sea de otro país y hable otro idioma, siempre podrás comunicarte con él pues los motoristas de todo el mundo tenemos mucho en común. Quizás más cosas en común de lo que hubiera imaginado Carmelo…

 

Carmelo González salió pronto de casa aquel sábado. La moto estaba limpia y revisada, Isabel no había querido acompañarle ese fin de semana pues su prima Luisa estaba a punto de dar a luz, y en el fondo a Carmelo no le disgustaba salir sólo a hacer curvas. 

 

Era otoño, y el frío no acababa de llegar. Todavía no había amanecido, pero la carretera estaba seca de rocío, con sólo alguna humedad en las partes arboladas. El bicilíndrico sonaba ronco y profundo, y Carmelo abría el gas un poco más de lo preciso, pero sólo un poquito, a la salida de las curvas para disfrutar de ese sonido. 

 

Carmelo era un enamorado de las motos en general y de las Guzzi en particular y había estado mucho tiempo intentando convencer a Isabel para que aceptara que él se comprara una. 

 

Llegó a la rotonda que enlazaba la carretera general con la autopista. Redujo a segunda, vio que nadie se aproximaba por la izquierda y entró, inclinando la moto y sacando un poquito la punta del pié izquierdo para que le avisara si se inclinaba demasiado. 

 

Isabel pensaba más en la familia y en ese hijo que ella deseaba y que no hallaría lugar en una moto. Un día, paseando, Isabel vio una moto preciosa, de línea elegante, de cromados brillantes, aparcada frente a la entrada de un hotel de lujo. Era una Moto Guzzi Centauro. Isabel le dijo: 

- Como ésa no me importaría que te compraras una. Pero cualquier otra, acuérdate, o la moto o yo!

                                     

 

Salida de la rotonda. Aceleró en segunda y enfiló el acceso a la autopista. Bajamos de un manotazo la visera, tercera, cuarta, intermitente, entramos en el carril derecho. 

 

A Carmelo le tomó toda la noche localizar una Guzzi Centauro por Internet. Descubrió que dejaron de fabricarlas hacía pocos años, descubrió que en Italia se podían conseguir por una suma a su alcance, y cuando ya tenía los ojos rojos y ardiendo por estar toda la noche frente a la pantalla del ordenador, descubrió que había un Club Moto Guzzi en España y que un miembro del Club tenía una Centauro en venta. 

 

Carmelo e Isabel habían salido muchas veces con la Centauro e incluso habían viajado a Francia y a Italia. Pero últimamente Isabel siempre encontraba excusas para no acompañarle…. 

 

Al ser sábado y pronto por la mañana, había muy poco tráfico todavía. Carmelo subió a sexta, 4.000 vueltas, 120 por hora y un suave ronquido del escape. En poco tiempo amanecería, por la autopista pronto se alejaría de la ciudad y podría pasar un estupendo sábado rodando por carreteras secundarias, llenas de curvas que enlazaría a 70-80 por hora, sin cambiar de marcha, surfeando por las olas de potencia y par que su Centauro le entregaba con sólo girar su mano derecha. 

 

Por el siguiente acceso un coche va a entrar en la autopista. Carmelo cambia al carril izquierdo para dejarle entrar. 

 

Es un coche negro, tuneado. Lleva las ventanillas bajadas e incluso a esa distancia, se oye el profundo retumbar de un bajo punteando el ritmo repetitivo de un rap. Gente de fiesta, buscando el último latido de la noche.

 

El coche entra demasiado fuerte en la autopista y ocupa parte del carril izquierdo. Carmelo frena, pero una mancha de gasoil, junto con algo de humedad del rocío le juega una mala pasada. La rueda delantera se va, la moto cae a la izquierda. El coche acelera y se pierde con el eco de su música, mientras Carmelo ve acercarse el guardarraíl derecho de la autopista- 

 

Ya ha amanecido. La autopista está seca, y Carmelo sigue al mando de su Centauro. Hay otras motos cerca, en los otros carriles, delante y detrás. Todo es familiar, pero algún detalle, que no logra concretar, parece distinto. 

 

Carmelo levanta la vista, la autopista es anchísima y por ella circulan sólo motos. Motos de todos los aspectos, igual que sus conductores. Todos van a la misma velocidad, todos tienen aspecto de estar disfrutando de la conducción. Carmelo sabe sin preguntar que es la caravana de los motoristas que han muerto conduciendo su moto. Cada poco, por los accesos a la autopista, por la derecha y por la izquierda, nuevos motoristas se van incorporando a la larguísima caravana. 

 

Por su izquierda, se acerca una Brío 110, su piloto lleva unos pantalones azules, chaqueta de napa y un casco Duraleu como los que Carmelo ha visto en algunas viejas imágenes del album de fotos de su padre, con unas gafas oscuras, dejando ver un rostro delgado adornado por un fino bigotillo.

 

                             

-Hola, amigo, le saluda el Montesista, con una sonrisa. (Carmelo se sorprende, pero a pesar de estar los dos en marcha le oye perfectamente, sin ruido de aire, como si ambos estuvieran parados y los motores al ralentí). -Te he visto llegar. Bienvenido! Le saluda con la mano, se inclina y acelera para juntarse con un grupo de Bultacos, Montesas y Ossas que circulan por el carril izquierdo. 

 

Todavía no ha salido de su asombro cuando ve por la derecha unas preciosas Triumph avanzando con un suave ronquido de sus escapes, conducidas por unos jóvenes que van hablandose unos a otros, y gesticulando entre risas. Van vestidos con pantalones tejanos, chaquetas de cuero, ¡y sin cascos! Muchos de ellos llevan en el asiento trasero a sus chicas. Por la izquierda, una pareja de la Guardia Civil montados en sus BMWs blancas y verdes circula, tranquila, sin aparentar percatarse de los moteros sin casco de la derecha. 

 

 

La autopista se estrecha, de hecho es una carretera comarcal con curvas enlazadas. Carmelo reduce un par de marchas y se concentra en trazar las curvas- que maravilla, sin coches, ni camiones, sólo motos y todas yendo en la misma dirección. Algo en el fondo de su mente le dice que aquello no es normal, pero no acabe de saber el qué. 

 

Una preciosa Brough Superior de 1925 le adelanta, montada por un flaco rubio con trinchera gris y unos enormes guantes de cuero que le llegan casi hasta el codo. Le parece oir un ”Good bye” cuando por la izquierda y saliendo de un campo desolado de  barro salpicado de hoyos y cráteres de explosiones, unas pesadas Zundapp con sidecar alcanzan la carretera, conducidas por unos jóvenes, casi niños, con uniformes cubiertos de barro. Una CBR ralentiza, el piloto saludando, para facilitarles la maniobra.

 

                                        

Los sidecares se estabilizan en la carretera, desprenden barro de sus ruedas. Los conductores saludan sonrientes, alguno de ellos levanta el brazo haciendo el saludo nazi, que curiosamente no parece amenazador. Carmelo les devuelve el saludo y la sonrisa, la verdad es que se siente bien, muy bien. La Centauro va como un reloj, y el indicador de gasolina ni se ha movido. La carretera es variada, el único tráfico que hay son otras motos y entre todos impera una buena convivencia asombrosa. Sólo hay algo, algo que Carmelo no consigue recordar, que no cuadra con todo lo demás. 

 

A pesar de ser motos tan diferentes, todos parecen ir a la misma velocidad y todos parecen hablar el mismo idioma. Un oriental descalzo conduce una pequeña Yamaha de dos tiempos con una mujer sentada de lado detrás y un saco que parece de arroz apoyado sobre el depósito y el manillar. Saluda con la mano, su sonrisa despliega una cantidad exorbitante de dientes y sus ojos quedan reducidos a finísimas rendijas. Un gordo y rojizo conductor de una BMW R100S sonríe y hace eses con su moto a modo de saludo. Pasa un carabinero italiano sobre una Guzzi Falcone y un gordo polinesio con camisa de flores que desborda un scooter Kymco. Todo es tan amistoso, tan normal, tan feliz, y sin embargo, falta algo, algo no cuadra, una inquietud rompe la felicidad de este paraíso motociclista.

 

La carretera se ha ensanchado y hay llanos de puzolana y césped a los lados. Estamos en un circuito. Carmelo inclina su Guzzi en una curva a derechas, y se encuentra flanqueado por una Bultaco TSS de carenado gris, pilotada por un flaco jóven de mono negro y por una Honda de Moto GP cubierta de pegatinas, conducida por un altísimo italiano que le sonríe.

 

- Le voy a hacer un exterior a Ramón Torras- le confía, mientras extrañamente roza la rodilla con el asfalto del circuito, a pesar de que a Carmelo le parece que van a una velocidad muy reducida.

 

- Simoncelli, ni por esas, sirves menos que tu casco- le contesta Ramón, en lo que se nota que es una amistosa broma entre ellos. Carmelo duda entre pedirles un autógrafo y en aquel momento se oye un rugido como el de un león y otro piloto con mono negro montado en una moto con seis aullantes tubos de escape y el numero 3 en el carenado se coloca a su lado y les sonríe. ¡Es Mike Hailwood! En lugar de casco lleva una peluca rubia que sacude con la cabeza, y los tres se echan a reir, junto con Carmelo que ya ha notado que está alcanzando la felicidad. 

 

 

Sin embargo, algo sigue sin cuadrar en el fondo de sus recuerdos. 

 

Ya no está en el circuito. Ha vuelto a la autopista, se siente feliz, descansado y lleno de ganas de seguir gozando con su Centauro, que ruge profunda y grave como un mastín.

– Este es el paraíso que todos los motoristas hemos soñado alguna vez. Carretera abierta, amigos y colegas a nuestro alrededor, una moto equilibrada, bella, potente y afinada que siempre tiene el depósito lleno de gasolina, y……….. 

 

Como un relámpago, a la mente de Carmelo acudió la respuesta a aquello que le había inquietado desde que llegó a este nuevo estado. 

 

Aquello que faltaba en el paraíso, lo que no cuadraba en esta autopista, ni en la carretera comarcal, ni en el campo ni en el circuito……. 

 

¡NO HABIA GUARDARRAILES!

 

Mauricio Sedó

 

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