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De Camerún a Nigeria entre selvas, montañas y fronteras inciertas15 de Marzo de 2026
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ÁFRICA SÍ O SÍ | 3ª ETAPA – CAPÍTULO 2: De Camerún a Nigeria
La aventura se complica en la frontera
Tras cruzar la frontera de Camerún, los tres motoaventureros de Enduro Sin Límite —Javier De Miguel, José G. Mesa y Miguel Amaro— pusieron rumbo a uno de los objetivos más esperados de esta etapa: el Parque Nacional Campo Ma’an, en pleno corazón de la selva ecuatorial.
La entrada al parque comenzó por una pista que pronto se transformó en un sendero cada vez más estrecho, rodeado por una vegetación espesa y atravesando pequeños ríos por puentes de tablones cada vez más precarios. El paisaje era espectacular: selva cerrada, ríos transparentes y un silencio apenas roto por el sonido de las motos.
Sin embargo, el sendero terminó por desaparecer entre la vegetación. La pista estaba completamente abandonada y resultaba imposible continuar.
El plan inicial era llegar hasta la ciudad de Campo, donde se encuentra la oficina del parque, contratar un guía y organizar una expedición de dos días a pie en busca de gorilas en libertad. Pero la realidad sobre el terreno obligó a cambiar los planes.
Para alcanzar Campo tuvieron que dar un rodeo de casi 300 kilómetros, recorriendo pistas muy rotas, con polvo, calor y tramos más rápidos que atravesaban aldeas rurales donde la vida transcurre con la calma de la selva.
Finalmente llegaron hasta Kribi, donde una voluntaria de la organización WWF, dedicada a la protección de los parques nacionales, les dio una noticia inesperada: el Parque Nacional Campo Ma’an estaba prácticamente abandonado por falta de fondos. No había guías, ni vigilantes, ni posibilidad real de visitar el parque o de localizar gorilas sin apoyo especializado.
La decepción fue enorme. Estaban a apenas 70 kilómetros del acceso, pero continuar no tenía sentido.
Rumbo al norte
Tras asumir el cambio de planes, decidieron continuar hacia el norte atravesando el Parque Nacional Douala-Edea, una zona de pistas rápidas y paisajes selváticos.
Pero también descubrieron una de las caras más duras de la región: enormes extensiones de selva arrasadas para dar paso a plantaciones de palma aceitera, kilómetros y kilómetros de terreno donde antes había bosque tropical.
El siguiente destino fue Douala, la segunda ciudad más grande de Camerún y capital económica del país.
La entrada en la ciudad fue, como era de esperar, caótica: atascos interminables, tráfico paralizado durante minutos y motos atrapadas entre coches y camiones.
Allí les habían advertido que debían pasar por inmigración para validar el visado que llevaban en papel, pero tras pensarlo decidieron continuar. En los controles policiales que habían encontrado hasta ese momento el documento había sido suficiente, y perder un día entero en trámites burocráticos podía complicar el resto de la ruta.
Así que siguieron rumbo norte hacia la frontera con Nigeria.
Cascadas, montañas y aldeas remotas
En el camino hicieron un pequeño desvío para visitar las Chutes d’Ekom, unas espectaculares cascadas escondidas entre la vegetación.
A partir de ahí el paisaje cambió completamente.
La carretera comenzó a elevarse y pronto abandonaron el asfalto para adentrarse en pistas de montaña. Los caminos serpenteaban entre valles y cumbres cubiertas de vegetación, cada vez más aisladas y salvajes.
Las aldeas se volvían más remotas, las construcciones tradicionales cambiaban y hasta los rasgos de las comunidades locales parecían distintos. Era una región profundamente rural y culturalmente muy particular.
Durante más de 100 kilómetros recorrieron estas pistas técnicas y sinuosas, subiendo y bajando montañas, atravesando curvas interminables mientras el sol se ocultaba y la niebla comenzaba a cubrir los valles.
El paisaje era sencillamente espectacular.
La tensión antes de la frontera
El siguiente desafío era alcanzar Nigeria atravesando una zona catalogada por muchos organismos internacionales como extremadamente peligrosa.
Un policía amable con el que hablaron en un control les aconsejó evitar la ciudad de Manfe, considerada especialmente conflictiva, y optar por un paso fronterizo alternativo.
La frontera principal, Ekok, quedaba en la carretera. Pero ellos decidieron intentar la opción más remota: la pista que lleva a Ekang.
Para llegar hasta allí tuvieron que recorrer unos 60 kilómetros de pista destrozada, con profundas roderas, barrizales y rampas tan empinadas que en ocasiones tuvieron que ayudarse entre ellos para subir las motos.
El calor era sofocante.
Cuando finalmente llegaron, el jefe del puesto fronterizo camerunés se quedó sorprendido.
—¿Cómo se les ha ocurrido venir por aquí? —les dijo—. Es peligrosísimo.
Tras consultar por radio con sus superiores, tomó una decisión inesperada: no sellarles el pasaporte y dejarles pasar igualmente, para evitar que tuvieran que regresar por la misma pista.
Un problema inesperado
El puente marcaba el final de Camerún y el comienzo de Nigeria.
Allí los agentes tomaron sus datos en una pequeña caseta, pero volvieron a repetir la misma historia: no tenían sellos oficiales para estampar en los pasaportes.
Así que los dejaron pasar… sin documentos.
El comandante del puesto, viendo que se hacía de noche y que se acercaba una tormenta eléctrica, les ofreció dormir en un barracón del ejército.
Aceptaron agradecidos.
A la mañana siguiente continuaron hacia el sur hasta la ciudad de Calabar, donde esperaban regularizar su situación.
Pero el problema se complicó.
En inmigración les informaron de que no podían sellarles el pasaporte porque no tenían el sello de salida de Camerún.
En otras palabras: estaban en Nigeria de forma irregular.
La única solución que les dieron fue regresar por carretera hasta la frontera principal de Ekok, conseguir allí el sello de salida de Camerún y volver a entrar en Nigeria correctamente.
Más de 200 kilómetros de viaje… sin papeles.
Ante la incertidumbre, contactaron incluso con la Embajada de España, que tampoco pudo ofrecer una solución clara.
Así que ahora los tres viajeros se enfrentan a un nuevo capítulo de su aventura africana: atravesar Nigeria sin documentación oficial hasta intentar arreglar el problema en la frontera.
África siempre tiene otra sorpresa
Como si fuera poco, las motos también empiezan a mostrar el desgaste de tantos kilómetros de pistas africanas.
En Kribi tuvieron que reparar un subchasis roto y la parrilla trasera de una moto. Ahora, en Calabar, han llegado con dos bacas dañadas y un amortiguador que empieza a hacer ruidos preocupantes.
Nada nuevo para quienes llevan años rodando por el continente.
Mientras tanto, el viaje continúa.
Y como suele ocurrir en África, cada día trae consigo una nueva sorpresa.
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