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Montesa 360 H6 Pro, homenaje merecido a quién vivió para las motos

01 de Mayo de 2017

Montesa 360 H6 Pro, homenaje merecido a quién vivió para las motos

En el norte de Tenerife hay un especialista de la restauración de motos que tiene fama buen artesano y mejor persona. Álvaro Trujillo lleva toda una vida dedicada al mundo de las dos ruedas en MB Trujillo, el taller que ya forma parte del semblante urbano que rodea la famosa curva de La Matanza de Acentejo.

 

Hasta su casa de El Sauzal tuvimos que ir para descubrir la historia de una Montesa. “No es una Montesa cualquiera, de esas hay muchas”, nos advertía Álvaro en la sobremesa de una de las etapas de la Queens Cavalcade. “Es la única en el mundo que en su época montaba un disco de freno trasero”. Tanto interés despertó en nuestra curiosidad que nos fuimos a Tenerife para conocer más detalles de la exclusiva moto creada sobre la base de una H6 360 del 74, una moto con la que la firma de Esplugues de Llobregat marcaría un antes y un después en sus modelos de todo terreno.

 

La H6 360 Pro, y lo de “Pro” es un merecido apellido otorgado por Álvaro para hacer referencia a que es una moto única, un prototipo que tiene el mismo aspecto cromático y de diseño que la original pero que cuenta con muchos detalles únicos. Comenzando por la parte ciclo obviamente debemos empezar por lo más evidente, los dos discos de freno: “La moto era de “Cheché” un gran amigo mío con quien compartía diabluras. El freno de disco trasero fue la ocurrencia que nos vino a la cabeza cuando se rompió en tambor original. Era algo novedoso en el mundo de las motos de campo. No había ninguna que lo tuviera. La idea era ponerlo también delante, pero en ese transcurso de tiempo, la moto se vendió. Pasaron los años disfrutando con otros “hierros” hasta que un maldito día la fortuna le dio la espalda a Cheché, así le conocía todo el mundo, y se mató en un accidente. En su honor, y en el de la amistad que nos hermanaba, decidí recuperar la moto y hacerle todo lo que él había soñado tener en su querida H6 360”, nos contaba un tanto angustiado aún por el recuerdo, este artesano de las motos. “Si la moto hubiera estado en sus manos tendría muescas de las mil batallas a las que la sometería, a él le gustaba dar caña a las motos”, recordaba con cierta sorna. “Yo he preferido conservarla en perfecto estado”.

 

En la parte ciclo hay más cambios, a base de piezas heredadas de donantes voluntarias que, a modo de homenaje, han contribuido a crear la máquina que nos ocupa. Al chasis original, incluido el basculante, se le ha acoplado una horquilla Marzocchi Magnum de 40 mm que sustituye a la original de 37 mm. El cambio de horquilla se aprovechó para montar el disco de freno con pinza de doble pistón y una bomba de freno radial para eliminar, de una vez por todas, la legendaria falta de potencia del freno delantero de las H6.  “Más complicado fue adaptarle un disco trasero colocado en la base original de la moto”, nos aclaraba Álvaro. “El depósito está asimismo firmado por Montesa, aunque de un modelo más moderno; de una H7. El sillón también se sustituyó por uno más cómodo y el cuadro de instrumentos es de una moto de 49cc, que tuvimos que adaptar”, nos cuenta mientras va señalando, y casi acariciando, cada una de las piezas de esta moto con tanto valor sentimental para el mecánico de La Matanza.

 

Los amortiguadores son también diferentes, se trata de un par de Betor de gas, con doble muelle y depósito separado, de similar aspecto que los originales, aunque más modernos y eficaces. El escape, una auténtica obra artesana de aquellos maestros que ya no abundan, “lo hizo el señor que le fabricaba los escapes a Carlos Mas, en Barcelona, y me lo hizo más que nada porque fui un pesado y aún con 70 años, para no seguir escuchando mi perreta, me lo hizo”, decía Trujillo. El guardabarros delantero en fibra también es heredado, en este caso de una Montesa Cappra 250. El carburador pertenecía a una Honda CR250. “Es más moderno pero, sobre todo, da menos quebraderos de cabeza por su crítico funcionamiento”, recordaba con una media sonrisa. La palanca de cambios fue de una Honda Dominator y las cubiertas de tacos sin concesiones han dado paso a unas IRC  japonesas tipo trail, en medidas 100/100-21 delante y 450x18, detrás.

 

 

Llegado el momento de ponernos en marcha, la H6 360 Pro arranca a la primera, eso sí, mediante una enérgica patada que no está al alcance de quienes sólo han conocido el arranque mediante el botón mágico del manillar. El característico sonido metálico de aquellos dos tiempos devuelve la melodía de antaño y el olor a Castrol en los alrededores de El Sauzal. “La potencia, que debe rondar los 38 CV es lo de menos, lo importante son las sensaciones que produce. La cojo cada día, y cada día disfruto con ella y con el recuerdo de todo lo que representa”, dice Álvaro. La nueva horquilla Marzocchi y los amortiguadores traseros ofrecen un recorrido de 320 mm y, aunque es una moto alta de suspensiones, el resultando es realmente cómodo para un tipo de moto que al final acababan siendo utilizadas para todo, incluyendo los desplazamientos diarios por ciudad, una escena muy habitual por ejemplo en las carreteras interurbanas de aquellos años. “Esta es una moto de aquella época en la que la palabra progresividad no se conocía. El de la H6 360 era un moto todo o nada y, aunque con el escape y el carburador se la ha sometido a una buena doma, aunque aún tiene arrestos de pura sangre”, sentenciaba su orgulloso dueño.

 

“Como dije, la moto desapareció hace mucho tiempo. En su recuperación tuvo mucho que ver a mi amigo Diego. Él, estando en un barco rumbo a La Palma, escuchó la historia de una Montesa rarísima, con un disco de freno trasero… Inmediatamente se le encendió la bombilla y le ofreció comprársela sin ni siquiera verla o saber su estado. Después, gracias a Diego, pude hacerme yo con ella y rendirle el homenaje que mi compañero del alma se merecía”, terminaba Álvaro, con quién llevábamos varias horas hablando de motos y hierros; de historias y anécdoras. El esfuerzo tuvo la recompensa de ver realizado el sueño de Cheché, aquel amigo del alma a quien Álvaro Trujillo recuerda cada vez que se sube en su Montesa.

 
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