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Levantarse la primera mañana en Korea resultó extraño. Tengo que ubicarme, pero no tengo mapa. Sé que estoy en la península homónima y que tengo que llegar a un lugar llamado Busán o Pusán (ºÎ»ê±¤¿ª½Ã), tal y cómo me indicaron los Iron Tigers de Vladivosok. Luego comprobé que ambos topónimos pueden ser utilizados indistintamente. Allí he de dirigirme para encontrar un barco en el que pueda enviar la moto a América. Esta es la razón por la que estoy aquí, y no otra. No he venido a hacer turismo, no. He llegado aquí rebotado, escupido de Rusia, navegando frente a las costas de una Korea del Norte hermética y misteriosa. Todo esto es raro.

 

 

Hecho ahora en falta el alfabeto Cirílico ruso, que aun siendo difícil para un occidental, pude llegar a distinguir para  moverme por mi amada Rusia, donde hice Amigos de ésos que son para siempre. Llegó a resultarme casi familiar.

 

Aquí todo cambia. Es un escalón mayor de dificultad. Más que un escalón, un salto muy grande. El ruso, siendo complicado, al menos es una lengua indoeuropea y algunas palabras, pocas, se acomodan y entienden. Ahora comprendo por primera vez que estamos mucho más cerca de los rusos de lo que pensamos. Korea es verdaderamente otro mundo, en un sentido cultural, que no tecnológico: aunque después he aprendido que no hay tantas cosas que nos separen a los seres humanos. Todos queremos lo mismo: Paz, Amor, Libertad, cuidar a las progenies y así sucesivamente.  Las buenas gentes, digo, por que las malas también las hay en todas partes.

 

Sí, Korea es un lugar muy dífícil para el viajero independiente. Al menos para mí.

 

Veamos: tengo una moto, un pasaporte, dos tarjetas de crédito, el permiso sin empleo y sueldo y el préstamo telemático concedido.  El teléfono no puedo usarlo, pues el cargador lo perdí en Vlad. No puedo comprar otro, por que la marca de mi celular finés no se comercializa aquí. No encontré repuesto. Tampoco tengo a nadie conocido, una dirección, un contacto, una simple orientación. Nadie, nada de eso. Me tengo a mí mismo y a mi determinación de salir de aquí como sea.

 

Me siento como un niño analfabeto. Además de ser todo nuevo, no entiendo absolutamente nada de esta endiablada escritura korena, constituída por unos trazos deslabazados, sin ningún sentido. Ni siquiera sé en qué dirección se leen.  Esta es la gran dificultad que habré de sortear y que será el gran obstáculo de toda mi estancia en éste país. Miro la matrícula provisional koreana de la moto y desconcierta, la verdad. Sólo se entienden los números de las fechas de la importación temporal, las de la matrícula y las dos primeras letras de la palabra España. Me gustaría comunicarme con la piel de toro, pero no tengo medios.

 

Tengo que encontrar un mapa, ciberactuar, conectar y comunicarme con España. Vale.

 

Korea es un país tecnológicamente muy desarrollado, con industria pesada y por poner un ejemplo, trenes e infraestructura de producción nacional para 350 km/h, aunque por seguridad circulan a 300 km/h, como la seda y no tienen nada que envidiar a los de España.

 

En la noche de Donghae hay casi cien mil habitantes y gran cantidad de lucecitas de colores llamativos: algunas para el consumo, anuncios, carteles, coches, etc, como en todas las áreas urbanas de Korea; otras para la iluminación de autovías, arterias y principales avenidas donde las pequeñas ciudades de cien mil se acercan entre ellas y casi se dan la mano o se saludan, sin llegar a producirse el contacto de sus lares urbanos, conformando un aéra mancomunada; aumentando en bloques de hormigón y hormiguero para sus habitantes, un pelín descascarillados y contagiados algunos por el brutalismo arquitectónico ruso. Flamantes estaciones ferroviarias, cortadas por montañas de menos de dos mil metros con mucho bosque y estrechos valles, cruzados por ríos medianos y apacibles entre la tranquila campiña koreana y sus pequeñas llanuras de cultivo, nublado de las tres de la tarde bochornoso, a más según avanzas hacia el S;  unas bonitas playas observan la plataforma continental levantándose altiva sobre esa mar del Japón, tan cerca del sol naciente y al trás, América.

 

Yo íba a lo que íba: a utilizar Korea como otra rampa de lanzamiento y alcanzar otro continente. Lo mismo que hice cuando embarqué la moto en Las Palmas y navegamos hasta la Iberia. En esta ocasión improvisando sobre la marcha. Los acontecimientos hubo que precipitarlos. Las precipitaciones de la tarde en la costa refrescan la atmósfera, dejándola límpida, diáfana, preparada para el crisol de colores del alba desmereciendo la belleza de Korea.

 

Muchas luces. O es que te fijas más.  Esas grafías producen curiosidad a la vez que rechazo y son de cierta admiración al ser sus geometrías de angulosidad y morfología muy calculada y variada, amén de su indudable caríz artístico, confiriéndole un novedoso aspecto a los ojos occidentales y también mareo. Otra vez. Destellos de luz al socaire de la sombra de luces de neón y leds, reflejo en la pátina de los metales y el casco, reflectantes luminarias, insolentamente tililantes, fosforescentes, refulgor del brillo o mate,  espacios de estética algo futurista de metrópolis como Pusán o Seúl,- las dos áreas metropolitanas mayores de Korea-, en algunos casos desvelando una impronta "europea" en su idosincrasia oriental.  No está basada en un número áureo, un phi,  un Hombre de Vitruvio, e que invita al estudio y la reflexión de la antropología y la lengua. Calor, luces, radares, caligrafías eléctricas, pagodas.  Un gran electromagnetísmo se desprende por los poros.

 

Es un país muy iluminado que yo creo que invierte en bombillas. Cualquier recodo, excusa, arquitectura, elemento fijo o móvil -incluyendo las motos- es idóneo para colocar una o tropecientos, no hay medida ni mesura en esto. La luminosidad de las principales avenidas es apabullante. Es la ley del plus lumen: cuanto más, mejor.

 

En ocasiones veo carruseles de colores destellantes, no es coña, conformando alambicados y caprichosos trazos en sincronía con los ángulos de las indicaciones y las brillantinas.  Les gustan las bombillas de colores, mucho. Mareante.

 

También iluminada por la fe de la luz religiosa, en Korea el cristianismo -con mayoría de protestantes seguidos de católicos- y el budismo conviven pacíficamente con el confucionismo, y aquéllos casi a la par en número de fieles y devotos, aunque algunas sectas, destructivas,  - , como la secta Moon-  enrarecen la situación.

 

Más: existe el conflicto que divide a las dos Koreas, latente y técnicamente en guerra. Sus fronteras son las más vigiladas del mundo. Agentes del Ejército Surcoreano descubrieron hace poco unos túneles clandestinos hechos por sus vecinos del norte y habilitados para la movilización de tropas en poco tiempo, por un Ejército que es el cuarto en número de soldados y hace aumentar aún más la desconfianza mutua. Un contingente de seiscientos mil estadounidenses a modo de retén, supervisa y vigila el statu quo desde 1953.

 

El budismo como filosofía abraza a la nación, en la arquitectura, esculturas, pintura, artesanía, modales, impregnando todo rincón del país y así, la bandera muestra su declaración de principios. La "Taegeukgi", simboliza los principios del ying y del yang de la filosofía oriental. El círculo en el centro de la bandera está divido en dos partes iguales: la parte superior roja, representa las fuerzas proactivas (yang) y la parte inferior azul, representa las fuerzas inertes (ying) del Cosmos. El círculo está rodeado por cuatro trigramas en cada ángulo, cada uno simboliza los 4 elementos del Universo: cielo (), tierra (), fuego (), y agua ().  Hay mucho tema aquí.

 

Pero esto es una crónica de un viaje en moto, no una guía turística de Korea.  Para más abundamiento sobre la Cultura Koreana y su Historia recomiendo la consulta de la página oficial del gobierno:

http://spanish.visitkorea.or.kr/spa/CU/CU_SP_8_1_1.jsp

 

En el tercer piso de un edificio más de oficinas lumpen y una fachada caleidoscópica, hay un cibergarito que es un horno. Me he enterado de su ubicación preguntando. Cuando digo preguntando me refiero a gesticulaciones, mímica. Todo es complicado en Korea para un analfabeto. Y desde este punto (.) cuando escriba " me contestan", habrá de entender el amable lector que quiere decir que me están representando acciones o sustantivos  y que comprendí su sentido, a veces.

 

Pues bien, aquí cualquier trámite consume un tiempo extra por la gran dificultad en la comunicación. Sé que ya lo había dicho, pero insisto en ello: insalvable barrera linguística entre un occidental y un koreano. El inglés no es una lengua vehicular en Korea y no es cierto que con el inglés se pueda viajar por todo el mundo: no. Esos son cuentos que nos han imbuído en la escuela, con un trasfondo geopolítico. Lo comprobé en Rusia y ahora aquí. Encontré únicamente dos personas koreanas, al menos por donde yo estuve, que pudieran hablar un inglés mínimamente comprensible. Incluso en Seúl. Es muy importante saber inglés para viajar, pero según a qué sitios. Si vas a Korea, mejor llévate un guía que hable tu idioma. En otro caso, darás vueltas cual peonza alocada y con luces.  Marea.

 

Entonces, -¡por fín!-, me encuentro delante de la pantalla del ordenador, dispuesto a comunicarme con mi gente. Los cuadros de diálogo también están en koreano, claro.  El teclado no, está en alfabeto latino, pero las teclas no escriben lo que señalan, escriben esas endemoniadas grafías. Hay que cambiar la configuración : ahora explícale al del cíber lo quieres, que además está todo tenso retorciéndose entre las manos con un mando de video-juego y profiriendo extraños sonidos. Cualquier acción que requiera comunicación verbal, o interacción con un objeto que lleve incorporada una grafía, es un gran problema. Ya lo había dicho también, pero insisto: marea.

 

Horas después, consigo ver un mapa y memorizo dónde está Busán: al SE de la península de Korea, a unos 400 km, calculo. No es difícil. Si sigo la costa hacia el S con la mar por el costado de babor, tarde o temprano la encontraré. Luego comprobé que los carteles indicadores de las ciudades y algunos pueblos están escritos en latino. Algo ayuda, pero no mucho, pues la traducción es también complicada y producen palabras casi impronunciables. En otro caso, todavía estaría vagando entre los ojos rasgados que me miran extrañados sin interactuar.

 

La noche es muy calurosa, el cíber está hasta los topes de chavales y púberes  ciberjuegando online; un único ventilador lleno de caspa, corta la proyección de los rayos de las pantallas y alivia unos instantes cuando pasa el aire. En el exterior otras luces  parpadean y cambian de color contínuamente.  No he movido apenas el cuerpo y ya estoy sudando, la humedad relativa es muy alta,  me estoy mareando -otra vez-  en aquél maremágnum, pero al menos consigo abrir el correo electrónico. En aquél momento un pequeño logro. Conseguir imprimir un mapa, lo más lógico, ya hubiera sido para nota y a pesar de que estar a un click de materializarse, resultó que la impresora estaba sobrecalentada e inoperativa. Al menos he podido mirarlo.

 

Esa noche tuve sueños raros. Soñé que los signos koreanos andaban y luchaban en kung-fú, bailaban tortuosas geometrías casi imposibles, y que entre los ángulos rectos que algunas forman, se creaban tes, eles y uves dobles que activaban una impresora que chirriante como un ventilador, desprendía luces destellantes en lugar de una copia del mapa que necesitaba, me deslumbraban y no encontraba mis gafas de sol.   Me desperté sudando a pesar del aire acondicionado del motel y con hambre.

 

Ya en la marcha lo primero que me encuentro es otra inquietante señal. Las internacionales del código de circulación se comprenden, pero no así la leyenda que la acompaña. Madre mía, ¿qué pondrá ahí? Igual lleva a un precipicio o te lleva directo a una calle sin salida.  Una de ellas, muestra claramente una prohibición de circular por esa vía a vehículos de dos ruedas. Lo que no distingo bien es si son bicis o motos. Por si acaso no me arriesgo, y tomo una carretera que gira al E y que luego tuve que desandar, por que cruzó sobre aquélla por un puente y se internaba en unos montes. Empezamos bien.

 

He perdido más de una hora y tengo que parar para cambiarme la ropa por la repentina tormenta de verano: decido saltarme la señal y me interno por aquélla carretera rumbo S. Si me para la policía, -pienso- verán que soy extranjero y lo mismo comprenden la dificultad y me permiten seguir sin sancionarme. De todas formas, me han tenido que ver fijo,  por que Korea está plagado de cámaras que registran todo movimiento. Están sobre los semáforos, en cualquier cruce, en la carretera. Ubicuas cámaras koreanas, gran hermano koreano.

 

Estaba equivocado: unos cincuenta kilómetros más adelante encuentro la verdadera señal de prohibición de circulación a las motocicletas, sutilmente diferente. Del texto mejor no decir nada, ¿paqué? Pasadas dos semanas, me enteré que, efectivamente, en Korea, hay autopistas donde está prohibida la circulación a nuestras queridas motos.

 

Ya por la tarde, llegamos a una playa que parece haberse retirado a sus aposentos junto a los bañistas. Un cielo monócromo anaranjado empieza a esputar gotillas de bochorno y con un par de horas por delante para anochecer busco un lugar para comer, o para cenar. A ver el qué.  Recordemos que estamos en una latitud de entre 36º y 38º N: precisamente éstos meridianos cortan España, estamos a finales de agosto y los días siguen siendo largos.

 

Tampoco me pregunten dónde estaba ese lugar. Sabría decirlo aproximadamente sin tener ni idea, eso sí, de cómo se llama. Ni la más remota. Aquéllas ciudades de cien mil se refieren más bien a una región y resulta que estoy en la de Gyeongsangbuk-do ( °æ»óºÏµµ ), al parecer. ¡ Si tuviera un mapa..!

 

A un paseo marítimo de esos por los que pasan coches -no como el de Las Canteras, en Las Palmas-, le sobran sitios donde aparcar, le falta gente que lo pasee y le sobran restaurantes que -como en todo Korea- te sirven el pescado tan fresco, que todavía está vivo y coleando en peceras ad hoc y es elegido a gusto del consumidor. Unos rusos, - los últimos humanos de-ojos-no-rasgados que ví en 2 semanas con sus días y sus noches- se están llenando la barriga de peces y otros alimentos más no poder, gritando nasdarovia y bebiendo no sé que cosa color pis. Me resultaron hasta entrañables. -"¿Kagdilá?"- "-Jarashó-", aunque me dió algo de asco.

 

Me siento en un taburete de guardería enfrente de la mesa de papá pitufo y empiezan los malentendidos. Cuando diga "digo" expreso mímica y gesticulación. En éste caso digo "la carta" y me toco la tripa: me han entendido. Pero no hay carta. Hay un montón de wawiguwoniyanilapuchi (por escribir algo) y alguna vianda más.¡ Carámba (...)!  Para saber qué voy a comer me doy una vuelta por las otras mesas y le señalo a la camarera lo que a la vista me resulta más suculento. Sin embargo, cuando se trate de comida en Korea, aplicar el aforismo : "Allí donde fueres haz lo que vieres", puede resultar contraproducente y asqueroso para estómagos que no sean a prueba de bomba, como el mío, que sufrió una úlcera hace algunos años y no aguanta el picante. De la carne de perro, tan apreciada en Korea, hablaremos más adelante. Conviene preguntar si "¿mepta?" ¾ç³äÀ» ³ÖÀº (picante).

 

Me sonríe y reclina la cabeza ceremoniosa, pero no es la camarera, es una chica que tiene un puesto ambulante adyacente de licores y cócteles y estaba merodeando por allí con su larga chaqueta de punto hasta las rodillas. No me entero de ni quién es el camarero. Yo me íba a hacer una foto con ella y resulta que es ella la que quiere hacerse la foto conmigo. ¿Me duele la cara de ser tan guapo?: no, parece que es una costumbre de por aquí, hacerse fotos con el occidental, al que imagino, en algunos lugares de Korea no habrán visto nunca o pocas veces, salvo en la tele. Creen que les puede dar suerte. Lo mismo me sucedió cuando embarqué en Vladivostok, recordémoslo.

 

Muy simpática la chica de la foto, que me toca el hombro como si yo fuera de madera, cumpliendo una superstición, y me quiere invitar a uno de sus cóckteles, pero beber y pilotar nunca casaron, declino.Tampoco estoy muy seguro de qué o que cosa serán aquéllos licores.

 

Todavía no estoy preparado para comida o bebida exótica, así que voy a pedirme algo que parecen ser unos boquerones que recogen de las peceras con una cesta.

 

He visto una señal de camping, sin embargo no lo es, son bungalows para varias personas y se me escapa del presupuesto. ¡Pardiez, ni los iconos significan lo que representan, dita sea ! A la entrada del parking de la playa hay una casita de madera, oficial, anodina y sin personalidad, ocupada por una señora con chancletas y cara de aburrida, coronada por una "í" de esas que tienen un punto gordo encima facilitando información y me indica un motel clónico respecto al de la noche anterior, cerciorándome esta vez mejor de su precio, por si el timo.

 

Por babor hay litoral, con algunas playas a veces y pequeñas bahías otras. Por estribor, montañas muy verdes y ríos no muy anchos y de aguas tranquilas. Hay campos de té, arroz, algunos con flores de loto y otras, etc. Se empiezan a ver techos apagodados  y algunas casas de colores estrambóticos, como una que parece una pieza de lego, que yo creo debe ser un colegio. Se ven de vez en cuando Iglesias Cristianas, lo cual me choca enormemente, por los prejuicios que traigo y entonces recuerdo que la secta Moon está muy implantada en Korea y se fundó aquí, aunque lo mismo es católica o protestante.

 

En la cuneta de una carretera de dos carriles, una sóla dirección y asfalto excelente, hay unos puestecillos de fruta y no veo que pare nadie. Pues yo paro y así contacto con éstas gentes. Sonrisas y sonrisas, pero nada más. ¿Qué puedes decir? No más gesticular, pero mis dotes de actor o de histrio, si las tuviera, están ahora adormecidas por el calor, pero tendré que espabilarme pues sería durante las tres semanas que estuve en este país mi único medio de comunicación. Es imposible. Compro un par de piezas por un par de monedas y me largo.

 

Otro día más en Korea, ya el tercero, y al circular por aquí, al llegar a una intersección, desviación, etc, hay que prestar atención: puedes equivocarte fácilmente.  Hay que pararse y observar los indicios, pensárselo bien y tomar la decisión de qué dirección a tomar con mucho tiento.  Aunque tengo muy buena orientación, he de reconocer que más de una vez tuve que desandar kilómetros y rectificar, más que nada por las señales. Impresionan. Más mareo.

 

Esa tarde llegué a un lugar que observé desde la carretera y me llamó la atención por la enorme figura en forma de centollo que presidía la entrada a aquél pueblo: uno pesquero, envuelto en un gris Asturias de la costa en verano y con bochorno, por la parte de Lastres y Colunga.  Ese gris anodino y pesadón en el que lo único que apetece es tomar sidra, cantar, jugar cartas y pasar la tarde.  Precisamente este lugar era de esos, pero en Korea, sin hórreos, sidra ni montera picona.  Añoro mucho a Asturies. Hay marisquerías por todas partes, es el pueblo del marisco, y por favor, no me pregunten más cómo se llama, por que no lo sé. Se encuentra a unos doscientos kilómetros al S de Donghae, en la región de Gyeongsangbuk-do (¸ðµÎ ¾ÕÀ¸·Î).

 

Prácticamente está vacio de clientes, no hay turismo, y sí muchísima oferta. Prosélitos de sus restaurante están en la puerta  al lance del extranjero. Entro en uno de ellos y empieza la ceremonia, las reclinaciones y otra vez el mareo. Por la ventana, en primera línea de puerto, se ven txintxorros, txalupas apelotonadas, barquitos sin marineros que las atiendan, norays oxidados, cabos retorcidos de salitre, redes medio recosidas, nasas a jubilar, cajas sobre cajas de plástico y de madera acartonadas y gaviotas amuermadas, que más que comida buscan una sombra. Allí huele a cuerda y barniz, a grasa y fuel-oil, a humo de barbacoa ;  unos gatos espantan sin mucho ahínco a las aves más espabiladas y comparten unos desperdicios de marisco que un tipo con una gorra mugrienta y torso desnudo arroja a un cubo invadido de insectos voladores. Se oye el traquetreo de las aspas de los ventiladores y de la extracción de humos de las cocinas que colmatan una atmósfera amalgamada de olores acres  muy fuertes envueltos y condensándose en la canícula. Salvo a los ganchos, no se ve a nadie en la calle.

 

Y es que hace mucho calor, la gente está de siesta. Hay otros tres comensales en el restaurante y aquélla camarera con expresión de haber recibido un sartenazo en toda la jeta hace bien poco, captura de la pecera el gran centollo de mi elección. Esta vez tienen fotos en el menú y para celebrar que estoy en Korea, pido la mariscada, que incluye además gran cantidad de platitos muy monos con irreconocibles viandas que sirven por tradición, de bienvenida, de serie.  Mucha variedad aunque con un denominador común: pescado, verdura y picante. Esta es la piedra de toque de la gastronomía koreana: el colofón, las mesas que apenas levantan veinte centímetros del suelo y te revientan la columna y la serenidad; la guinda son los palillos. Todo esto hizo que ningún día me sintiera cómodo en absoluto cuando tenía que comer y se convirtió en un suplicio.

 

Me como todo lo que me sirven, y después de degustar un montón de aquéllos platitos, decido probar una pasta verde que pienso es un helado de menta. La ignorancia es atrevida: craso error, se trata del wasabi, una salsa picantísima en la que una dosis del tamaño de un grano de arroz ya hace estragos caloríficos en el paladar no acostumbrado y te lo quema. A mí me encanta el dulce, entonces colmo la cuchara de wasabi -que me habían facilitado al verme occidental-  y para dentro. Un fogonazo en mis pupilas, sale disparado y transformado en chorro de sudor por la sien y la frente;  mi lengua se hincha, y la temperatura ya alta de por sí ahí afuera se incrementa con la interior.  La camarera se desternilla, el cocinero sale con un gorro amarillento de sus dominios a ver qué pasa y enseguida me trae una jarra con agua y hielo.  Ese mismo día dejó de gustarme la comida koreana, pero no tuve más remedio que comerla muchas veces más al no haber otras alternativas que no fueran la comida rápida occidental en las metrópolis. Sigo sin ver ojos que no sean rasgados. Calor, luces, grafías, bochorno, picante, ojos rasgados, olores raros: mareo.

 

 

Pues bien, la tecnología, la tradición budista, lo rústico y la religión alcanzan junto sus luces, -tanto divinas como humanas- un sorprendente exotismo de ecléctico desenlace.  En esas áreas metropolitanas pululan campesinos que venden el sobrante de sus cosechas a precio regateado, mientras en la acera de enfrente los escaparates exhiben un sapienfón, la tableta digital, el computador de varios teras o un androide sin piernas.

 

No hay murmullo, hay un leve griterío de voces atipladas que imagino ofertan productos y gangas. Se ve alguna pobreza en Korea, pero seguro que aquí no hay hambre. No se ven perros. El producto interior bruto es algo superior el de España y los precios muy parecidos. En verano, la gente vive en la calle y se concentra alrededor de los centros comerciales y los múltiples mercados ambulantes.  Pisan la casa para dormir y encontrar su intimidad, nada más. Discuten acaloradamente en la calle, pero nunca ví ninguna pelea ni trifulca ni necesidad de una intervención policial. Un sentido de respeto y ciudadanía muy hondo ha calado en la sociedad koreana y ese comportamiento hace que allí, a pesar de las omnipresentes e incómodas videocámaras de vigilancia, el extranjero se sienta muy seguro.

 

La contemplación de un extranjero de ojos no rasgados, les produce aparentemente indiferencia y a veces un cierto desdén. La koreana es una sociedad muy difícil de penetrar y se percibe desconfianza en las miradas muchas veces. Como el muro lingüístico es insalvable, se ha de utilizar la sonrisa universal, que aquí también funciona pero que no llega a cuajar en la mayoría de las veces. Sin embargo, al entablar un contacto directo con el extranjero, siempre será a iniciativa de éste, eso sí. Resulta paradójico, pues en las ciudades, Korea se mira en el espejo de las modas de consumo del mundo occidental, del mundo de los ojos no rasgados sin pliegue en el párpado, sobre todo en el ombligo de Seúl, ávidos de las últimas tendencias que llegan del otro lado del Pacífico, donde en realidad me dirijo, estoy aquí de paso. Sin embargo muy raramente mostrarán interés por uno.

 

Sin siquiera una guía de bolsillo, me desvío doquiera vea algo exótico. En éste caso, un magnífico, mimado y bello parque salpicado de pagodas, tejavanas y ambiente relajado y meditativo. Un guardia parece que vigila, pero en realidad está aburrido esperando que pase algo, y no pasa nada. Bosteza. ¡Qué va a pasar si está todo lleno de cámaras de vigilancia!

 

Hay la mar de flores, también de loto, y es una pena que esté nublado pues con luz este parque se tiene que parecer bastante a un paraíso koreano. Los usuarios pasean contemplativos, el silencio se rompe por el ruído de los coches y el grito de algún niño que juega o llora. Unos usuarios se sientan en cuclillas y descansan en sus calcañares, quedándose obnubilados e introspectivos, integrándose con el paisaje; otros pasean meditabundos entre los delicados campos salpicados de flores; unas muchachas sueltan risitas en voz muy baja y tapándose la boca. Lo cierto es que se respira Paz y harmonía paisajística. Todo el parque está muy cuidado y un pajarillo de tonos azulados bebe un pizquillo de agua entre unos nenúfares.

 

Casi de noche llego a Busán y su bullicio, desde cuyo puerto he de enviar la moto a América. Hay una Taegeukgi en medio de una gran plaza y ya tengo ganas de comunicarme con alguien, aunque sea en inglés, pero parece que paso totalmente desapercibido para estas gentes. Parece, pero no es por que luego aprendí a las dos semanas que esos ojos rasgados también miran a veces de reojillo.

 

Ahora el mareo de las grafías se ha convertido en estupor. La segunda ciudad más poblada de Korea desborda vida por la noche, los coches circulan en denso pero ordenado tráfico, las luces aumentan a medida te acercas a ella, y tengo que buscar un hotel. En el área comercial hay un par de hoteles internacionales, a precios exhorbitantes para mí y paso de largo. Tengo que buscar un hospedaje económico, tiene que haberlo. Un motel, limpio y decente. ¿Pero donde? El 95% de la señalización está en koreano y después de dar una vuelta durante una hora no veo ninguno. Intento preguntar a la gente, pero al comenzar con las señas me ignoran. Sí, puedo dormir en la calle, la última opción, pero con este calor los insectos voladores campan por sus respetos.

 

Vienen ahora a mi mente imágenes de cucarachas voladoras como las que hay en Canarias y en una fracción de segundo, la de una araña que me picó una semana atrás cuando me íba a dormir en la tienda de campaña en las islas Rusky de Vladivostok. Ahora me acuerdo. Era negra como el asfalto, de cuatro centímetros de diámetro y con seis u ocho patas no muy peludas. Ya dentro del saco, sentí un leve picotazo algo más arriba de la sien. Con la linterna todavía encendida, observé como el arácnido intentó esconderse debajo de los calzoncillos y no tuve piedad. No le dí entonces importancia, ya me había olvidado de ello, pero el ligero dolor que de repente me produjo el quitarme el casco, me hizo recordar aquél momento y descartar dormir en la calle. Esto del picotazo íba a traer cola. Hace ya dos horas que no veo la palabra hotel y el mareo vuelve. Es un mareo de agobio, desconcierto, sofoco, todo en uno. Quizás también por aquélla araña. Sí, fue por eso, pero por aquél entonces no me dí cuenta.

 

Al mismo  tiempo que cruzo un gran puente -muy iluminado, cómo no-, una motocicleta Harley Davidson con una luz de policía apagada en la zaga y un motorista sin uniforme policial me adelanta muy animada.

 

-"Vendrá de hacer la patrulla"-, pensé. Le adelanto a la salida del puente y al lado de una gasolinera que había, hago señas para que pare. Le pregunto - con gestos, claro- : que dónde puedo dormir. Pego una palma de la mano sobre la otra a la cara y me comprende enseguida. ¡Tengo que dormir, en una cama y centrarme un poco! El hombre mira la matrícula, se quita las gafas observándola con detenimiento y sin quitarnos aún el casco, señala: que le siga. Tiene unos 50 años, complexión normal, algo menos bajo que yo, manos de currante y gafas de ver. Maneja con gran destreza su modelo "Electric Glide" de color blanco y utiliza las señales acústicas de la sirena para saltarse todo semáforo que se le aparezca o cruce molesto.

 

Entramos en un barrio que está construído sobre una gran pendiente y que mira al mar, allí abajo, a la vista de las lucecitas del puente al otro lado de la pequeña bahía de Pusán y las de los edificios caleidoscópicos y fulgurantes que destellan. Aquél barrio se va oscureciendo a medida que lo vamos penetrando, las casas no son de más de dos plantas, las calles empiezan a ser cada vez más estrechas, pendientes de no caerse, caóticamente reticuladas por curvas y giros tortuosos: hay que ir en primera, controlar muy bien el embrague, apoyar el pie a bajísima velocidad y con ese tacto tan crítico no caer. Estrecho para maniobrar con una moto. Difícil.

 

Las farolas ya han quedado atrás, aquí ya no hay tantos anuncios luminiscentes de colores, aquí la gente duerme, las escasas aceras ya están cerrando las tiendas. Los faros de las motos rompen la oscuridad de entre los callejones, el olor a pescado, el calor de la noche y la humedad de la mar.  En otro giro imprevisto más, entramos en una cuesta muy empinada y paramos delante de un portón. Es la vivienda de éste hombre, que tiene un pequeño solar donde un día hubo un jardín y que ahora está invadido de plantas sin ton ni son, muchos trastos y una barbacoa. Un techo de hojalata en el garaje de dentro de la casa protege y alberga otra Harley Davidson también "Electra Glide", esta vez de color negro.

 

Me invita a pasar dentro de la casa, me quito los zapatos -obligatorio en Korea- me presenta a su mujer y ésta nos sirve para cenar multitud de platitos como los mi última comida. Otra vez en el suelo, más picante y los palillos. Comienzo a estar harto de comer sentado con la columna retorcida. Más mareo.

 

No entiendo nada, por supuesto, y ahora menos aún, si es que es posible. Había hecho el gesto de dormir cuando paré a este hombre y ahora, apenas media hora después estoy cenando en su casa con su mujer sonriente mirándome curiosa. No, nada de sexo, esto es otra cosa. Entonces pienso que me va a invitar a pernoctar allí: ¡salvado!

 

Está leyendo mi mente: justo en éste momento me hace la misma señal de dormir que yo le hice abajo en Pusán y me dice con el dedo, con la mano, con la cabeza que no. Una negativa inequívoca.

 

-"¿Qué va a pasar ahora?"

 

Pues que este hombre, después de fumarnos unos pitillos, haber contemplado sus dos Harley, hacernos fotos y mirar hacia la mar, me invita a que nos vayamos:-"¿Pero a dónde?"-

 

Retrocedemos lo avanzado por aquéllas pendientes y giramos hacia un puertito abrigado por un malecón más grande, y nos paramos en la puerta de un lugar que aunque desde fuera no lo pareciera, resulta ser un motel. Con los dedos de las manos me señala el precio, después de hablar con una señora y señalando continuamente a la moto. Hay un parking de cinco plazas de coche vigilado, aire acondicionado,  baño dentro de una habitación limpia con mosquitera y son veinticinco euros al cambio. Un precio más que razonable.

 

Tras varios intentos, señas y gestos, al fín entiendo que este hombre va a venir a recogerme mañana a las nueve de la mañana para no-sé-qué. Pues vale. Machacándose el pulgar contra el pecho repite la misma palabra repetidamente: Se llama Chei Kiu: Yon-Chei Kiu.

 
 
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