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Volver a Viajes en Moto

Vuelta al mundo por el hemisferio norte. Cap.1

08 de Enero de 2012

Vuelta al mundo por el hemisferio norte. Cap.1

Capítulo 1.- Un viaje de mil millas empieza con el primer paso; de mensajero por Madrid

 

Puedes seguir la aventura de Ignacio en su Web http://topalante.es

 

Vivir en las Islas Canarias es fantástico. Pero hay una pega: las carreteras se acaban pronto. Para un motorista peninsular como yo, es difícil de encajar.

 

Puedes disfrutar de y con las curvas: y mucho. Entre Agaete y La Aldea de San Nicolás, por ejemplo; bien asfaltadas, sinuosas y dulces, como el culito de un bebé, y aunque algunas ciegas, casi siempre con un clima magnífico con parajes incomparables: vivimos aquí en la eterna primavera, en Gran Canaria. Es óptimo para disfrutar de la moto.

 

Ruedan todos los sábados y domingos varios grupos. Tumbar la moto hasta el estribo, limarlo si eres bueno, presumir del desgaste de la banda de rodadura, el límite. Son temas recurrentes entre los más jóvenes "moteros". Pero cuidado, esto no es un circuito, los barrancos de Gran Canaria son vertiginosos, creédme, y no perdonan. Muchos "moteros" y motoristas fallecidos lo atestiguan.

 

Los guardarraíles no son el problema: lo es la adrenalina, una droga que es placentera y engancha, y algunos pierden la noción, la adherencia, el control, el  sentido y la vida. Por que la muerte siempre nos ronda, y a un motorista especialmente. Algo que no debemos olvidar cuando nos subimos a nuestra querida. En esos barrancos de Gran Canaria, son muchos los que se han despeñado precipitándose al vacio o al Océano, allí abajo, muy abajo.

 

Transcurren entre risas y uves, anécdotas veras, otras no tanto, ésas magníficas salidas, y los "moteros", se retiran a sus aposentos hasta la siguiente. Compran la deportiva más gorda, el casco de moda -que no el mejor-, el mono de cuero de marca, el equipo -completo-equipo-"comanchi"- vaya, y les distingues por que huelen a tienda, a goma, a hule y ¡hale, a la carretera ! Adoptan posturitas de postal, de anuncio de perfume francés, muy estéticas eso sí ; apoyan aparcados el codo en el manillar, el pie en el estribo, o la posadera en el asiento, con arqueo de cadera, exhibiéndose como machos alfa de la camada de los motoristas. Pero no lo son. El reflejo del tanque es el proyector de su narcisismo y su bisoñez.  Siempre pienso cuál será el próximo, o que me llevan por delante. El riesgo activo puedes atemperarlo, del pasivo, no se libra nadie.

 

Otros, por ejemplo yo, digamos más recalcitrantes, usamos la moto todos los días, sea en la Isla o en la Península, en invierno, primavera, verano u otoño, caiga quien caiga, la que caiga, quién se caiga o cómo se caiga. Salieron las setas, cuando después de llover, -decíamos con ironía y retintín-, aparecían los "moteros", al parecer.  A nosotros, los motoristas no nos arredra el tiempo. No buscamos el malo, pero si viene, se capea, como hacen los marinos. A éstos son los que yo llamo motoristas. En cierto modo somos navagantes de tierra, expuestos a la intemperie. Suelen ser los solitarios. Aquéllos que de repente ves pasar, como una exhalación, salidos de la nada en medio de una tormenta de días, viento y frío, como fruta fuera de temporada, como espectros: impertinentes, intempestivos, desubicados, extemporáneos, petardos tierra-tierra con rumbo desconocido, de dia o de noche, una lucecita que apenas se ve. ¿Dónde van?

 

Es una actitud, no un título, o una pegatina en el casco. Son distintas maneras de concebir la moto. Unos, para arriesgar y exhibirse; otros para transportarse y viajar. En éste mundo. La moto domina a los "moteros", los motoristas dominamos a la moto, y también arriesgamos. Incluso más, pero sin alardear o jactarnos, a las duras y a las maduras y añadiendo un grano de locura a nuestra prudencia.

 

Una máquina fascinante, que amén de la consabida sensación de libertad y plenitud con el entorno -salvo por el ruido dirán algunos o el sonido otros-  da sensación de poder y, para mí, lo más importante, la oportunidad de viajar. Aquí los límites no son los de velocidad, ni las tumbadas o la duración de los "jacos". Aquí el límite somos nosotros y nuestras motos y la determinación de seguir, pase lo que pase, topalante. Es como la vida misma. Requiere control, cabeza fría y algo de suerte. Quizás una pequeña dosis de locura, según algunos o arrojo según otros. El corazón caliente y compenetración con tu moto, a la que has de conocer, escuchar, palpar, sentir, e integrar. Integral de hombre-moto igual a viaje a donde quieras. O casi, limitados por el medio terrestre.

 

No voy a enumerar en este relato de mi viaje, aburriendo al amable lector, todas las motos que he tenido -4-. Pero sí un apunte de como llegué,en solitario, sin planearlo, improvisando a donde he llegado. A darme la vuelta al mundo por el Hemisferio Norte. Estoy sorprendido de mí mismo, aunque modestia aparte, tampoco es para tanto. Muchos otros lo hicieron y muchos otros lo harán.

 

Un vespino GL -Gran Lujo- de 1976 y cuarta mano, y la necesidad de ganar algo de dinero, allá en los 90, me empujaron a trabajar como repartidor de pizza con ciclomotor propio y, animado por las sensaciones, posteriormente de mensajero en el Foro, en Madrid, como decíamos, de puto mensaka, con perdón de la expresión. Un puto mensaka, con ka.

 

Recuerdo con nitidez todas las triquiñuelas de los taxistas, amigos y enemigos a la vez; los abusos de los guindillas, los pitufos a los que nada gustábamos. Curiosamente, los agentes o los picoletos motorizados eran y son otra cosa: más cercanos, comprensivos, solidarios y humanos: al fín y al cabo vamos todos en el mismo barco. También son motoristas.

 

Recuerdo en los semáforos en rojo a punto de cambiar al verde: se van las motos. Todas en primera línea, o en segunda, ¡eran tantas! Luego, una vez fuí al Mediterráneo y había más, muchas más. Y parkings para ellas. Aquéllo, de aquélla, era impensable en Madrid. Ahora se respetan, entonces era otra cosa. Ir en moto era una cuestión de nobleza, intrepidez, rebeldía, denuedo, valentía, dureza, necesidad u obligación: ¿pájaros en la cabeza? Toma, claro.

 

Ahora ya no tanto y menos el Domingo, con sol y buen tiempo. Así cualquiera, siempre que hayan dineros.  Un carnet de moto se lo dan hoy en día a cualquiera con medio dedo de frente, a veces con menos y parados en el semáforo, te giras a mirar al que está en el costado y muchas veces ni les reconoces. No puedes preveer su reacción, son polizones.

 

Recuerdo las legañas negras al terminar la siempre arriesgada y agotadora jornada. A los mensakas más veteranos, con sus Yamaha Special de 250cc, compradas a fuerza de riesgo, como pioneros del emisariado allende la M-40, al extrarradio,  y más lejos aun. Me daban envidia. Yo quería entonces una moto más rápida, más potente, más fiable. El dos tiempos del Vespino requería continuas limpiezas de chiclés, de carburador, cambio continuo de cables, de rodillos del variador. Un rollo. Numerosas averías y el pringoso tubito de aceite siempre en la Barbour, para hacer la mezcla. -¿Llegará el próximo sobre?-  Cuando se estropeaban, llegaba el compañero-escoba a recojernos, y por supuesto al sobre, con su Special de 250cc.

 

Recuerdo el pelo siempre sucio al llegar a casa, del humo que aspirábamos, recogíamos y tragábamos. Y las toses, cof, cof, cof. Las ITV´s no eran tan exigentes como ahora; los sobres, muchos: había trabajo. Los sobres con cheques recién firmados por algún directivo de decenas, cientos, millones de pelas, por que eran pelas, pelas, pelas. Muchas pelas. Y pocas para nosotros, muy pocas. Doscientas por dirección, veinte más por diez minutos de espera. Pocas pelas para tanto riesgo.

 

Recuerdo aquellas atractivas secretarias, recepcionistas, directivas, con falda ceñida, curvas de guitarra, blusa blanca impecable, ávida de un sujetador que trasparentar, si lo hubiere, o unos turgentes pezones erectos que recalcar, medrando en el mundo de los grandes negocios de la capital, mirándonos unas con pena y otras con desdén aun desprecio, al puto mensaka. Sobre todo cuando llovía, hacía frío o nevaba. Pero con deseo las pocas. Y nuestra fantasía entre calle y cruce, entre peatón kamikaze y silbato de policía, entre portal y rellano, ascensor y vigilante, cigarro en marcha en seis caladas, atasco u obra, era tener un encuentro casual y sexual, inopinado, rápido, con frenesí, sin preguntas, con aquellas secretarias, recepcionistas, directivas. Circulaba entre nosotros la leyenda de la cliente que con la excusa del correo y el mensajero, seducía, atractiva cuarentona, libidinosa ella, a la carne fresca que, en general, éramos los mensajeros. Y al llegar a la dirección, delante de la hipotética cachonda, con el sobre en la mano y el casco en otra, siempre te preguntabas, erección mediante, mientras firmaba el albarán:  "¿será ésta la clienta tragona?"  Nunca lo supe, imagino que el compañero afortunado se lo tendría bien callado. O se llevó el secreto a la tumba después del enésimo accidente. Entre toda aquella jungla del asfalto que era -y es- Madrid, era de lo poco e hipotéticamente reconfortante que podíamos encontrar durante nuestra dura jornada.

 

Quimeras, no eran esas féminas para nosotros. Los putos mensakas, poco podíamos ofrecerles, amén de nuestras carnes y nuestro incierto futuro, al día, a la hora, al minuto siguiente. ¡ Más deprisa ! Fue una escuela de la calle, de la carretera, del pilotar bajo presión en toda condición climatológica en la gran ciudad, de la moto y sus peligros, escuela de supervivencia urbano motorista, con todas las letras. Amén del extrarradio.

 

Intentábamos ir limpios y decentes, siempre, pero tras tantos días, semanas, meses, años en la moto, mensajeando, cubría al Barbour una pátina de mugre en los guantes, las chupas, el casco, que ni el cariño de tu Madre, ni su lavadora eran capaces de quitar. Tampoco los botes de Colón, y no comprábamos otro mejor, por que no lo había, según Manuel Luque, uno de esos directivos. ¿Recordáis? La mugre nos acompañaba de lunes a viernes, e iba generalmente en ciclomotor, Vespa o Special.

 

Eramos mal mirados en los cuarteles, en los despachos de la Administración estatal, autonómica, municipal o institucional, qué más da. Tantas administraciones y tantas malas caras, muy pocas buenas; en los hospitales, empresas, multinacionales, bancos, cajas de ahorro, institutos, laboratorios, farmacias(...) Eramos unos incómodos pero imprescindibles peones de aquel gran engranaje de mensajes, de intereses, de grandes y medianos negocios, de ambiciones políticas mediante, presentes y futuras.

 

Muchos atascos sorteados, muchos favores realizados y pocos los recibidos, muchos riesgos y pocas pelas. Compañeros tirados y recogidos por nosotros. Sistemas de posicionamiento parcial de la urbe. -"La cuarta a la izquierda, el 25 queda justo en la esquina, señora."-  O a tirar de mapa, o de callejero, raído y trillado, como nuestro ánimo, lloviera o no, con o sin viento.

 

Gracias a éstos motoristas se ganó mucho dinero en el Foro en los 90. Cinco minutos tarde, negocio al traste, decían. Luego el correo electrónico y la banca telemática arrinconó al mensajero, aunque siguen siendo necesarios: aún se les ve por las grandes ciudades, sempiterno cigarro en la boca. Los clientes  se jugaban la pasta, nosotros por pasta nos jugábamos la vida. Nada de spaghettis, ñoquis o tortellini. Aquello no era ninguna broma. Intentábamos llegar vivos al próximo finde, y el riesgo asumido era directamente proporcional a la pasta ganada o a la necesidad o ambición de cada uno. Más riesgo, más pasta. Más pasta, mejor moto; mejor moto más pasta; y así sucesivamente. Hasta que el círculo, por un lado u otro se rompía, y llegaba el tortellini. Tortellini gran mensaka, y a la caja, no de pizza, de madera, digo.

 

Emisarios, heraldos, más deprisa: mensajeros,¡ aquí, ahora y ya ! Putos mensakas. La pizza llega fria. -Es normal señora, está lloviendo -o nevando-. Sólo los repartidores de pizza no eran mal mirados, al contrario. El hambre, que el repartidor -o repartidora, que también había- quitaba subido en su moto, humilde ciclomotor o Vespa, causaba simpatías a su llegada y generaba, sobre todo, alguna propinilla. Más pasta, más pizza, más pelas. Esos repartidores eran de otra casta, menos inferior. Sin embargo, aunque aparentemente lumpen, los mensajeros podíamos ser desde estudiantes, como yo, hasta ex o pre cualquier cosa. Idealistas, pragmáticos, ambiciosos, románticos, separados, solteros, casados, hombres, mujeres, muchachos, sorianos, adolescentes, porreros, deportistas, españoles o no (...), pero sobre todo, mensakas y motoristas, honradas gentes para las que la moto era la unica vía de escape que entre dirección y dirección nos daba cierta libertad sobre nuestras motos, y al mismo tiempo,  dinero, aunque no mucho para el riesgo que asumíamos.

 

Recogíamos las migajas y las gastábamos el finde. Otro finde vivos. Con algo de pasta y sin tortellini, afortunadamente.

 

Esta crónica está dedicada, en primer lugar, a los mensajeros de Madrid, a los mensakas, que para intentar evadirse de aquélla ruleta, de la angustia por no llegar tarde, se reunían en la Glorieta de Emilio Castelar, mientras comentábamos las anécdotas de la semana, siempre diferentes, del colega que se lo hubo tragado un autobús o un camión, o un deportivo y su niñato que se saltó un semáforo. Cuando no se íban, se quedaban con secuelas para siempre y el compañero que se fué a llevar el último sobre del viernes nunca volvió. Se perdió el finde, la pasta y la vida, la pizza se quedó fría, como su cuerpo, en una caja, no de cartón, de madera.

 

Recuerdo los fríos inviernos de Madrid, con nieve a veces, relámpagos y lo peor para un motorista: el viento, que después de salvar el rebufo, al cruzar la calle, zozobraba alocadamente la moto y creías que era el fín. San Cristóbal estaba muy atento y tenía mucho trabajo, como nosotros, Gracias a Dios.

 

Veíamos desde el parque el finde pasar, gastando las migajas sobrantes, a aquéllas japos nuevas, cuando llegaron a España por primera vez; la Kawa verde, la Exup de 1000, la Katana, azul, aquélla hornada de nuevas motos deportivas que se íban de salida, rimbombantes, el finde, a la Sierra, a la Cruz Verde, y era para nosotros un sueño, aparentemente inalcanzable.

 

Ahora, sigo viendo a esos "moteros" el fin de semana, en bandadas, con sus bandanas, en Gran Canaria, en Madrid, en Jerez, ¡están por todas partes ! Son una plaga. Jugándosela para tener algo que contar, para presumir de lo que en realidad carecen, ¡ ignorando por completo  tantas cosas! (...) Ahora comprendo su ceguera y sus lamentos. Los motoristas también nos la jugamos, pero de otra forma. Veo sus parches sin millas, sin desgastar, a sus chupas impolutas, sin desgastar, insultantemente impolutas, relamidas, estentóreas, sus guantes deportivos, exhibiendo sus pantalones con caídas, como si fueran trofeos, ese olor a neumático nuevo, sus sprays para casco, sus gafitas antivaho y sus batallitas de la abuela de la tercera curva en cuarta y la recta de doscientos a doscientos. Sus inservibles cachivaches.  Adláteres del caucho. Pienso en aquéllos años en todos los kilómetros que sobrevivimos y en los que no pueden contarlo. Pero no me creo ni mejor ni peor que ellos. Siento que no son motoristas, son "moteros". No es lo mismo. Son de un consulado que no me representa; de una especie que no es la mía, aunque del mismo klan: grumetillos del asfalto. Sin acritud, pero las cosas claras. Una cosa es "motero " y otra muy distinta motorista. Ea.

 

Entonces, ¿de dónde venimos? Venimos de las grandes ciudades, de los pequeños pueblos y aldeas, de las islas y penínsulas de los asfaltos quebrados y las pistas de tierra y baches, del anhelo de libertad y aventura. Del pavimento resbaladizo. Nosotros somos motoristas, caiga quien caiga, caiga la que caiga, o cómo se caiga, aquí y ahora, ayer, mañana y siempre, nada hay distante, plus ultra.

 

A ellos, y no a otros, dedico éstas páginas. A los putos mensakas y a los motoristas, que tantas veces nos ayudaron, cuando tirados bajo la lluvia, con el cable del acelerador roto o con el depósito vacío debajo de cualquier puente de la eme cuarenta, nos dejaban en lugar seguro; que entendemos la moto de otra manera, más sentida, más sencilla, más romántica, más humilde, más llana, con arrojo y denuedo; con un par: a los que se quedaron en la cuneta o en el camino, de tierra, asfalto, grijo o cascoporro, como decía, con la pizza fría o el sobre tirado en el charco. A los que están ahora en la carretera, solos casi siempre,  que van o vienen y a los que se lo están pensando, y preparándose: donde el destino es lo de menos y el rodar es su día a día, tarde por tarde, noche tras noche. A los que lo están soñando, dormidos o despiertos.

 

A todos los motoristas que sea como fuere, siguieron, siguen y seguirán topalante.

 
 
Fuentes de la noticia

topalante.es

 
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