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Ruta en moto por Irlanda, siempre verde

03 de Julio de 2009

Ruta en moto por Irlanda, siempre verde

Han pasado ya nueve años desde que Vicente y un servidor regresamos de nuestra expedición por tierras escocesas. Después de varios intentos, conseguimos coincidir de nuevo y dirigir nuestras monturas, BMW F650 y Africa Twin 750, de nuevo hacia Irlanda.

 

Partimos desde Barcelona hacia Puigcerdà, tenemos dos días por delante y 1.300 km hasta embarcar en Roscoff, por lo que no conviene relajarse demasiado con el paisaje y hacer el máximo de kilómetros el primer día. Una vez en Francia, el tiempo va cambiando de caluroso a nublado hasta que empieza a llover poco antes de Limoges. Enseguida me doy cuenta de que hace rato que no veo a Vicente detrás de mí, por lo que tras esperar un tiempo, doy media vuelta y voy en su busca. En pocos kilómetros me lo encuentro en el arcén con el spray en la mano: pinchazo.

 

Tras retirar el parásito que lo provocó vaciamos el spray y con el motor en marcha salimos veloces contra viento y marea.

 

Parece que la rueda va aguantando... hasta que entramos en un tramo de autopista y al aumentar la velocidad media detecto que va perdiendo aire rápidamente y tenemos que parar. No hay más solución que cambiar la cámara, y sin más contemplaciones, saco palancas y material y en el mismo arcén de la autopista, y lloviendo, nos ponemos a ello, no sin dejar de mirar de reojo los camiones que en bajada y en mojado pasan a pocos metros de nosotros. En media hora estamos de nuevo en marcha con la intención de recuperar el tiempo perdido; no paramos hasta las nueve en una pensión de mala muerte cerca de Poitiers. Por lo menos conseguimos que las motos duerman también a cubierto.

 

Al día siguiente partimos temprano, nos quedan unos 500 km para embarcar, por lo que poco margen de tiempo tenemos para imprevistos. Sólo salir comienza a llover, y cada vez va a más. Por suerte, casi toda la etapa es por autopistas y autovías y podemos mantener un crucero alto pese a la intensa lluvia y el viento. Sin apenas parar conseguimos llegar al puerto extenuados sólo con media hora de antelación sobre el horario previsto de embarque. Embarcamos puntualmente en el Normando de Irish Ferries junto a un grupo de unos 30 motards llegados de distintas partes de Europa.

 

Rumbo a Dublín
A las 11.00 h desembarcamos en Rosslare, puerto situado al sur de Irlanda, que nos recibe con un día claro. Ponemos rumbo a Dublín, pero antes recorreremos unos 200 km por diferentes rutas, algunas de gran encanto, y, eso sí, circulando siempre por la izquierda. Yo me adapto a ello en pocos kilómetros, pero Vicente no acabará de encontrarse a gusto hasta varios días después.

 

Nos dirigimos hacia el Wiclow National Park para enlazar con la Military Road, antigua carretera que atraviesa este parque y que nos impacta con sus verdes valles y pequeñas mesetas salpicadas de ríos y cascadas con una paz abrumadora que nos recuerda a los Highlands de Escocia. Por la tarde llegamos a Dublín, ciudad cosmopolita pero muy bulliciosa y algo sucia. Tenemos reservada una habitación en un "hostel", pero no nos gusta el ambiente que nos encontramos y preferimos perder unos euros y buscar algo en mejores condiciones. Tras un buen rato dando vueltas sin éxito por la ciudad decidimos meternos en The Nord Star Hotel, un tres estrellas que se nos va de presupuesto. Por lo menos, las motos quedan vigiladas esta noche. Tras alojarnos nos disponemos a recorrer el centro de la city y nos vamos al famoso Temple Bar, zona de marcha por antonomasia, y más un viernes noche como hoy.

 

Hay que decir que a pesar de que buena parte del gentío va algo "colocado", destacan las chicas por lo elegantes e insinuantes que lucen sus trajes de noche. De verdad que es un espectáculo acercarse por allí, por la variedad de actuaciones callejeras y garitos de toda clase.

 

Seguimos rodeando la costa con buenas vistas al mar, pero la humedad va invadiendo nuestros "bodies" debido a la fina lluvia que nos acompaña.

 

Una vez que entramos en Irlanda del Norte, aunque continuamos por nuestra izquierda, la moneda ya no es la misma y hay que cambiar por libras esterlinas. Al llegar a Belfast, la sensación que nos da es muy diferente a Dublín: calles más limpias y ordenadas, menos tráfico, y hasta en los edificios se nota que estamos bajo influencia británica. Aunque quedan resquicios todavía del período conflictivo se respira un ambiente de tranquilidad.

 

Dormimos en el Premier Travel Inn, moderno y confortable a un precio razonable, y cenamos en un restaurante libanés.

 

Partimos con lluvia hacia Ballycastle con la intención de visitar el puente colgante de Carrick-a-Rede, desde donde se puede contemplar una exposición sobre cómo se las ingeniaban antiguamente los pescadores para pescar salmón en esos peñascos.

 

Continuamos hacia el oeste por la costa y paramos a visitar una destilería de whisky, con la mala suerte de que ya están cerrando. Por cortesía, nos invitan a un trago en el propio bar y podemos ver parte de las instalaciones.

 

Seguimos bajo la persistente lluvia y llegamos a la Bishop Road, carretera solitaria que atraviesa unos parajes de espléndida belleza y cuya única forma de vida perceptible son las miles de ovejas que por allí habitan. En lo alto podemos ver el Mar de Irlanda desde una meseta con fantásticas vistas. Cansados ya de lluvia, paramos a dormir en el primer B&B del viaje, en Letterkenny, donde nos alojamos en una habitación con vistas al río y gozamos de un trato excelente.

 

A las cinco ya estamos despiertos, no por ganas de madrugar, sino porque aquí tienen la costumbre de no usar ni persianas ni cortinas, con lo cual, nos guste o no, hay que levantarse.

 

Potente "irish breakfast" para mí y "continental" para Vicente, y a cabalgar de nuevo hacia la costa oeste, hoy ya con sol, pero recuperamos de nuevo las en general pésimas carreteras, ya que acabamos de salir de Irlanda del Norte.

 

Recorriendo la costa
A medida que avanzamos se va notando que estos condados están menos poblados y transitados que los de la costa este. Llegamos a Maling, próxima a Rossan Point, donde se acaba la carretera, y nos deleitamos con unos peñascos contra los cuales rompen las olas del Atlántico con fuerza. Las vistas son de ensueño, así como la temperatura que nos acompaña, unos 20°.

 

De nuevo nos alojamos en un B&B en Bundoran, y tras cenar en un pub, nos pasamos un par de horas caminando por el paseo marítimo; aquí se cena pronto y todavía queda luz diurna para aprovechar. Además, con tanto kilometraje en moto hay que ejercitar un poco la musculatura.

 

Continuamos en dirección sur perfilando la costa, algunas veces por carreteras que parecen diseñadas para poner a prueba a los grandes fabricantes de motos trail o de enduro: socavones, grava, grietas, rizados, parches... lo que hace que a estas alturas del viaje el cuerpo empiece a quejarse. Así que decidimos dirigirnos a Cliffden con la intención de tomarnos un día sabático, descansando y repasando las monturas. Poco antes de llegar y tras dejar uno de los parajes de más belleza que vimos durante el viaje, Condado de Mayo, nos cae una tromba de agua que a Vicente le cala hasta el Gore-Tex del pantalón. Por suerte, esta vez dura solo una hora, pero a partir de aquí mi Africa empieza a dar síntomas de fallo eléctrico al no querer arrancar después de una breve parada.

 

Conseguimos instalarnos en Cliffden y dejamos las penurias para el día siguiente. Se trata de un pueblo costero muy turístico, donde descansaremos y haremos gestiones obligadas como envío de postales, la colada, repaso de motos, compra de souvenirs, etc.

 

Tras un rato comprobando conexiones y probando la moto, intuyo por dónde van los tiros... Se trata del regulador, que impide que la moto cargue eficazmente, lo cual me obliga a continuar el resto del viaje conduciendo sólo de día, sin luces y sin abusar del motor de arranque, pues de lo contrario... le va a tocar empujar a Vicente.

 

Continuamos ya algo recuperados por esas penosas carreteras que llevan a magníficos parajes hasta llegar a Cong, el famoso pueblecito donde se filmó un clásico del cine: "El hombre tranquilo". Curiosamente, dicho lugar no hace mucha ostentación de su fama, así que tras cuatro fotos y un café, continuamos hacia Galway, ciudad importante que circunvalamos hasta llegar a Lehinch, al frente de una bahía frecuentada por surferos.

 
 
Fuentes de la noticia

www.solomoto30.com

 
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