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Noticia

Ésta es una travesía extrema desde Argentina hacia Machu Picchu pasando por Bolivia, Perú y Chile, hasta el Machu Picchu. Gonzalo Urcullú...

 

Al proyecto se sumaron varios amigos y concesionarios de la marca deseosos de aventura, Hugo Despósito, Luciano García (LoJack Argentina), Andrés Medus, Coquito Prezzia, Pablo Busin, Santiago Saldungaray, Enzo Iannicelli, Fernando Irurzún y yo, Gonzalo Urcullú.

 

La flota se había formado finalmente. Llevaríamos tres XR250 Tornado, cuatro NX400 Falcon, un África Twin y mi fiel Varadero 2006.

 

Nos juntamos por la mañana en el Aeropuerto Jorge Newbery de Buenos Aires, nuestro destino: la ciudad de Salta, conocida por su apodo, La Linda. Pero primero, lo primero, después de hora y media de vuelo, dejamos todo nuestro equipo, que no era poco, en el muy coqueto Hotel Presidente para luego ir a buscar las motos a Honda Yuhmak, concesionario oficial en el norte del país, que además de guardar las motos, nos facilitó un Hilux, que nos acompañaría en el extenso recorrido.

 

El día invitaba a salir de los caminos, nuestra primera parada era San Salvador de Jujuy. El GPS había trazado una ruta a través de un camino espectacular por el dique La Ciénaga, un camino de cornisa muy entretenido, rodeado de una selva increíble sobre las montañas.

 

Antes de poder bajar hacia el dique, tuvimos nuestra primera baja, Santiago Saldungaray. Por suerte, en su caída topó con un tronco y no siguió hacia abajo, sufrió un fuerte golpe en la pierna y su XR se destrozó un poco, pero en condiciones de seguir. Optamos por llevarlo en el Hilux hasta la ciudad, donde tristemente conoceríamos que era inevitable su evacuación.

 

Tratando de recuperarnos del golpe anímico, arrancamos nuevamente hacia La Quiaca, la última ciudad argentina antes de cruzar hacia Bolivia. Rumbo al norte entramos en las hermosas poblaciones de Tilcara y más tarde Humahuaca, donde la altura –que rondaba los 3.000 m– ya se hacía notar en todo el camino, para finalmente llegar a La Quiaca, a aproximadamente 3.600 m.

 

La etapa más intrigante del viaje comenzaba. Investigué bastante sobre Bolivia y sus caminos, aunque no sirvió de mucho, ya que los comentarios de amigos viajeros no nos prepararon lo suficiente para lo que vendría. Cargamos combustible de buena calidad por última vez; los 98 octanos sólo los volveríamos a ver en Chile.

 

Bolivia
Una vez en la aduana, los trámites para ingresar a Bolivia nos llevaron casi tres horas, tras las cuales ingresamos en un mundo muy diferente a todo lo conocido.

 

Bolivia es un país muy pobre, pero increíblemente rico en paisajes, tradiciones y cultura. Su gente es muy callada y tímida, casi la totalidad de sus habitantes son indígenas descendientes de los pobladores primitivos de América. La ciudad de Villazón no escapa a esas características, muy pobre y tranquila, y en la que comprendimos las dimensiones de este viaje.

 

En el Hilux llevábamos cientos de cuadernos y lápices, que pensábamos entregar en alguna escuela. Nuestra sorpresa fue grande cuando, al entrar a un caserío llamado Charaja, nos encontramos decenas de alumnos saliendo de una escuela con bastantes carencias. Desde arriba de la camioneta entregamos cuadernos, lápices y golosinas; la alegría y las caras de felicidad de estos chicos no se borrarán nunca de nuestros corazones.

 

Paulatinamente, el camino comenzó a empeorar a medida que subíamos más alto, hasta unos 4.400 m, las motos y sus pilotos volvieron a notar la falta de oxígeno. El camino se había convertido ahora un laberinto entre aquellas endiabladas y desérticas montañas, aunque el paisaje no paraba de sorprendernos. En esta zona, cuando preguntas cuánto falta para llegar a algún lugar, te responden en horas, no hay cartelería, ni indicaciones de ningún tipo; el GPS aquí es fundamental.

 

Nuestro siguiente destino era Uyuni y su increíble salar, según muchos, el más grande del mundo. Desde Tupiza fueron algo más de 200 km, pero debimos pasar primero por Atocha, un pueblo minero muy pobre al que nada del mundo moderno ha llegado.

 

El camino entre Tupiza y Atocha fue terrible, por momentos parecía ser parte del Paris-Dakar: arenales cada vez más grandes, salares, piedras, y parte del camino circulaba sobre un río seco.

 

Aquí se produjo mi primera caída en suelo boliviano, venía bastante complicado en la arena, a unos 70 u 80 km/h (no hay que aflojar dicen…), cuando la rueda delantera de mi Varadero desapareció de repente y mi vuelo no fue ni muy largo ni muy corto, pero volar, ¡¡volé!! La precaución de llevar todo el equipo necesario, camperas y pantalones de enduro con protecciones, rindió sus frutos: sólo un moratón del tamaño de una sandía en la parte baja de mi cuerpo. Luego de un rato mirando el cielo, continuamos viaje.

 

Muy dolorido, pude seguir adelante. El camino continuaba empeorando y era realmente difícil; en un tramo, la XL no pudo avanzar más por aquellos arenales, tuvimos que desinflarle un poco los neumáticos para poder salir de esa trampa de arena y eso al final causó la rotura de la llanta delantera, pero –como buenos aventureros– llevábamos cámaras para todas las motos, así que colocamos una y más tarde pudimos instalarnos en el Hotel Luna de Uyuni.

 

Como todo en Bolivia es muy diferente, hay que ir con la mente y el corazón abierto para poder disfrutar de estos lugares. A la noche hubo cena en un bonito restaurante plagado de extranjeros, de todas partes del mundo, en el que conocimos a Guillermo Schenone, un motero argentino radicado en Chile desde hace diez años que estaba realizando el mismo trayecto que nosotros con su KTM, pero en solitario.

 

Finalmente, después de unos terribles mil kilómetros de tierra y ripio, en Potosí comenzaba la ruta de asfalto. Desde aquí hasta Oruro, éstas estaban en excelente estado y eran una delicia para manejar; en realidad, más para la XL y la XRV, ya que el resto padecía un poco con la altura.

 

Entrar a La Paz implica un ejercicio de concentración al 100 %, ya que el tránsito es un caos tremendo, hay miles de pequeñas vans en una zona muy pobre y congestionada llamada El Alto, como una gigantesca favela, que asusta bastante, aunque aquí tampoco tuvimos problemas.

 

La ayuda de nuestro amigo motero Claudio García Nannis, de la embajada Argentina en Bolivia, fue de vital importancia, pues él nos consiguió un muy lindo hotel en el barrio sur de la ciudad y nos sacó de aquel caos parecido a Irak.

 

Complicaciones varias
Por la mañana nos dedicamos a hacerle mantenimiento a las motos, varias XR y NX acababan de salir del cajón, por lo que le hicimos cambio de aceite, filtro y los filtros de aire, ya saturados por tanta tierra.

 

A mediodía, Claudio nos pasó a buscar por el hotel para guiarnos hasta Copacabana, un hermoso pueblo a orillas del famoso lago Titicaca, el lago navegable más alto del mundo, a unos 3.800 m de altura.

 

Salir de La Paz sin ayuda habría sido imposible sin nuestro amigo Claudio, realmente la salida hacia la ruta fue muy pero que muy fea. Claudio nos acompañó hasta el embarcadero, donde en una gran balsa se cruza de San Pablo a San Pedro, unos pequeños caseríos separados por algo más de 3.000 m de agua. Esta parte del viaje fue realmente inolvidable, ver ómnibus y camiones sobre esas frágiles barcas daba miedo.


Cargar las motos en estas precarias balsas supuso todo un desafío, pero finalmente pudimos continuar nuestro camino hacia Copacabana, un peculiar pueblo a orillas del Titicaca, me imagino que parecido a Katmandú: muchos hippies y europeos por sus calles, sustancias ilegales al alcance de la mano y una inmensa paz. Esa noche fuimos, junto a Hugo y Ernesto, a la iglesia de la Virgen de Copacabana y llegamos en medio de la misa.

 

La mala noticia era que la salud de Pablo Busin no era de lo mejor, el tema de la altura lo tenía muy mal, así que decidimos que se quedara hasta que llegaran Enzo y a Andrés, que venían desde La Paz y debían esperar allí su pasaporte olvidado en Argentina.

 

Por la mañana nos despedimos de Pablo y partimos hacia el puesto fronterizo de Kasani en Perú, a pocos kilómetros de Copacabana. Ya del lado peruano, casi saliendo de la aduana, escuchamos una moto; era Pablo, que a pesar de nuestros pedidos, se subió a la NX como pudo y nos alcanzó, una locura por su parte, pero al fin volvíamos a estar todos juntos.

 

Después de llenar las panzas y las motos, emprendimos una larga jornada hasta Juliaca, una ciudad plagada de triciclos Honda que en su parte trasera llevan hasta tres pasajeros cómodamente instalados. Motos de verdad se ven muy pocas, salvo las de algún extrajeron errante.

 

Aquí tuvimos otro incidente grave, entrando a la ciudad, Hugo no vio una enorme piedra en la ruta y no pudo evitarla con su rueda trasera; parecía que se salvaba de la caída, pero no. Fue un golpe importante, la pierna de Hugo quedó bastante maltrecha, pero increíblemente y con una fuerza de voluntad a prueba de balas, se subió nuevamente a la moto.

 

El camino hacia Cusco se hacía cada vez más difícil, la ruta desierta y la ausencia de algún “sanatorio” digno nos hizo continuar a pesar de estar en medio de la noche. Con los increíbles faros de la Varadero delante, iluminábamos bien la ruta. Frente a la iglesia principal de Cusco nos dimos el mejor abrazo comunitario y lloramos como niños después de semejante travesía.

 

Lamentablemente, las noticias sobre la salud de Pablo no eran buenas, la ambulancia llegó al hotel casi de inmediato y el diagnóstico fue claro: edema de pulmón y fin del viaje para Pablo. Fue inmediatamente hospitalizado y luego volvió en avión hacia Buenos Aires. Respecto a Hugo, la cosa no mejoraba: rotura de ligamentos cruzados en ambas piernas; su viaje a partir de acá se volvería más difícil todavía.

 

Los amigos de Honda Perú, Víctor Acero y Cia., nos facilitaron el regreso de la moto de Pablo y una completa revisión del resto de las motos en su concesionario oficial Chamorep, en Cusco.

 

Llegada al Santuario
Al día siguiente partiríamos, gracias a la ayuda de la Policía de Tránsito, que usaba las mismas motos que nosotros. Fueron muy atentos al guiarnos hasta la salida hacia Ollantaytambo, última estación del tren hacia Machu Picchu. Entrar al Valle Sagrado en moto es una experiencia única.

 

Todo el valle está surcado por el río Urubamba y el camino va bordeando este último, pasamos la pintoresca ciudad de Pisaq (con su famosa feria multicolor) y seguimos disfrutando del hermoso paisaje hasta Ollantaytambo.

 

Este pequeño pueblo es una delicia para caminar por sus callecitas de piedra y tomarse una cervecita frente a la plaza, una experiencia para repetir. Nos instalamos en el hotel Pakaritampu, el mejor de la zona, la verdad es que nos merecíamos un buen hotel después de todas aquellas noches en que dormimos tan mal.

 

El viaje en tren fue un párrafo aparte, nuestros corazones se aceleraron hasta la línea roja, esos 20 minutos de viaje se hacen eternos y el camino de cornisa y selva parece sacado de las películas de Indiana Jones.

 

Una vez en la entrada del santuario, de la mano de nuestro guía, Willy, comienza un recorrido y un significado diferente para cada uno de nosotros.

 

Tratar de describir Machu Picchu creo que es en vano. En mi caso fue la culminación de un viejo sueño, y estar ahí me provocaba sensaciones diversas: por un lado, una inmensa alegría y, por otro, una gran tristeza, ya que el viaje había llegado casi a su fin.

 

En realidad faltaba todavía la mitad del camino, cruzar todo Perú a pocos días del terrible sismo y recorrer de norte a sur la mitad de Chile, pero eso es otra historia...

 
 
Fuentes de la noticia
 
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Ruta en moto: Objetivo Machu Picchu.

01 de Abril de 2009

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