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Noticia

Nace un sueño.

 

Esta bien podría ser la aventura de otro, la de cualquiera de los moteros cuyas historias y rutas devoré deseando ser el protagonista. Pero no, hoy no, hoy puedo contar mi historia, mi ruta, mi sueño y el de mis amigos realizado.

 

Intento hacer memoria exacta, en esto quien me conoce sabe lo que pistoneo, de que historia o que motero a los que sanamente envidié, consiguió contagiar este deseo de aventurarme a rodar mas allá. Siempre me he sentido un privilegiado por vivir aquí, en mi Gran Canaria donde tenemos, sin duda alguna, uno de los conjuntos de carreteras más atractivos de España para rutear, pero mi corazón y mi mente volaban mas allá de mis costas.

 

Una de las principales historias con las que comencé a soñar con cruzar el charco fue la de Ewan McGregor y Charley Boorman, "Long Way Round" una macro aventura sobre dos maxitrail que hicieron las delicias de mis ojos y mis sentidos, donde comencé a dar forma a este sueño que relato aquí.

 

Madurando

Después de un tiempo disfrutando de mi pequeña Honda Varadero 125, decidí volar algo mas alto con mi negra, una Suzuki V-Strom 650 con la que además de hacer amigos y compañeros, con los que realicé esta y otro centenar de rutas quincenales por esta y otras islas, curtí más aun mis reflejos y experiencia para lo que quería hacer.

 

Once años y 25 o 30 intentos de poner fecha a esta aventura más tarde, y tras sustituir la negra por una flamante Triumph Explorer 1200, acabamos de decidir cuándo...¡CUÁNDO! 

 

¡Ya teníamos fecha! 

Recuerdo, que uno de mis compañeros y buen amigo, Fran, y yo nos mirábamos en más de una ocasión y nos decíamos...cuantos años pensando en rutear por el país y... ¡ya tenemos fecha!

 

Diez meses más tarde embarcábamos en un ferry con destino a Huelva.

 

 

En marcha. 

En principio, y debido al proceso de asegurar la moto para que “ni pestañee” durante la travesía, no piensas más que en atar, calzar, mirar si todo queda seguro, volver a mirar si todo está seguro y por fin mirar si queda segura la moto... (Tremenda obsesión) Ya una vez acomodado en el barco comienza el repaso; ¿llevo todo? ¿No serán demasiados kilómetros? Vaya locura....

 

¿Llevar? Llevas cosas que ni usas.

¿Kilómetros? Te arrepientes de no haber preparado más.

Pero eso sí, mientras recorres los 1.335 kilómetros que te separan de Huelva te da tiempo de meditarlo nivel Dalai Lama, comprobado.

 

Los primeros destinos bien, no dejaba de disfrutar rodando pero mi sueño tenía otros colores, otros aromas.

 

Una vez pasamos Zamora (no sin antes premiar nuestros paladares con lo mejor de Jabugo y Guijuelo) entramos en Portugal. Esto cogía otro cariz.

 

Braganza es preciosa, y al salir de nuevo hacia Galicia les guie por una carretera secundaria que hizo las delicias de todos. Arboledas bordeando la carretera de tan solo un carril, cabañas donde veías como acumulaban ya la leña para el invierno, los colores rojizos y ocres en las hojas caducas de los árboles...

 

Ourense, Santiago, donde visitamos su catedral y llegamos a Coruña a pasar la noche.

 

A la mañana siguiente seguimos a Asturias, Ribadeo en concreto.

 

 

Mientras rodábamos hacia nuestro destino desde Galicia, nos empezamos a adentrar en una densa y espesa niebla cargada de humedad que nos hizo detener a abrigarnos mejor y usar las ropas de agua, tras lo que continuamos y aseguro que con palabras es imposible transmitir la adrenalina que me invadió cuando me di cuenta, mientras rodábamos, que apenas podía distinguir el manillar de Sebas, que nos guiaba en ese tramo y que ni por asomo mostró un ápice de temor ante la falta casi total de visibilidad frente a él.

 

Pero la niebla se fue disipando y fuimos descubriendo un tramo en el que asomaban los picos de Europa, imagen flanqueada por la falda enmoquetada de verde de una montaña, de la que surgía una cabaña como si de una postal sueca se tratara, con cuatro vacas que pastaban frente a ella y en ese preciso instante fue cuando, aun rodando en grupo, llegué al más hermoso de los momentos de esta aventura en la soledad dentro de mi casco y sobre mi moto, y con los ojos cuajados adiviné que aquello era mi premio, “el dorado” que buscaba alcanzar con esta aventura, el mágico instante en el que se unen el placer de ir en moto, viajar y lo grandioso de la naturaleza. 

 

A mi me tira el norte, lo he visitado en varias ocasiones y no me cansa, además de que siempre ves sitios nuevos en cada visita. Cudillero es un sueño, precioso. Llanes, Villaviciosa, San Vicente de la barquera... Pero Abanillas supuso para todos el destino soñado, aquello por lo que habría merecido la pena rodar 2.000 kilómetros. Un oasis perfecto en donde apagar el motor y escuchar lo que te rodea. Pasamos una increíble velada y descanso en El rincón de Antón, en el barrio El cotero, hotel del que nos costó irnos por el hechizo que genera este, en medio de tremendo paraje natural. 

 

El siguiente destino sería Segovia, y aquí ya veníamos con los colmillos afilados pensando en el lechón del asador José María. Una gran noche la que pudimos disfrutar en grupo y premio a los kilómetros recorridos y el cansancio del viaje, donde tras la copiosa cena, paseamos por las antiguas calles en medio de un bucólico ambiente, generado por las amarillentas luces de sus farolas.

 

 

Al día siguiente y tras pasar por El Escorial y Navalcarnero, almorzamos en Toledo, ciudad natal de mi fallecido padre que aprovecho para visitar siempre que puedo, y desde la que partimos hacia Córdoba, donde haríamos noche. Por la mañana recorrimos con las motos, además de las empedradas calles del casco histórico que eran custodiadas por unas preciosas fachadas con balcones cubiertos de flores, algunos de los enclaves más significativos, para después dejarla atrás dirección Sevilla, donde, tras la obligada visita a la hermosa Giralda, almorzamos y salimos hacia El Rocío, en Almonte.

 

Aquí hicimos una breve toma de contacto con sus calles de arena que supusieron una pequeña diversión entre tantísimos kilómetros de asfalto.

 

Salimos, ya con el agridulce sabor que tenía dirigirte al último destino de esta aventura tantas noches soñada, tantas horas planeada y con tanto anhelo esperada, y llegamos a Palos de la frontera.

 

Preciosas calles, buena gente y una buena velada la que tuvimos allí, premio merecido al trabajo en equipo, al cansancio sufrido y como no, despedida inevitable a nuestra aventura.

 

De regreso, una vez acomodados y relajados en el barco nos íbamos ilustrando con las fotos tomadas, los datos obtenidos o algunos memes de los que fuimos objeto algunos, y fue ahí y curiosamente no antes, cuando fuimos conscientes de lo que habíamos hecho, de el rutazo que nos habíamos metido entre pecho y espalda, mientras mirábamos la compartida foto del mapa de España, con la estela azul trazada por donde nuestras ruedas habían dejado sus huellas, por donde nuestros ojos habían robado aquellas preciosas imágenes que se nos brindó, por donde abriendo gas habíamos avanzado uno a uno los 3.000 kilometros que habíamos compartido. 

 

Toda una aventura, todo un sueño, pero esta vez cumplido, del que estamos más que orgullosos y con el que nos cogió la noche mientras hablábamos de él, con el que nos dormimos esa noche. 

 

...y ahora a soñar de nuevo.

 

 

Agradezco: A mi Rosi el ánimo y empuje a no abandonar este sueño aunque en el último momento no pudiese acompañarme por una lesión. A Alex su ejemplo para todos por su talante y saber estar en TODAS las situaciones. A Maricarmen y Antonio por, aun ante la adversidad, insistir y no abandonar la aventura, siendo claro ejemplo de energía y vitalidad. A Fran, Sebas y Alex su estupenda labor guiándonos en los tramos, en ocasiones de hasta 500 kilómetros. A Lidia por su estupenda labor al encargarse del hospedaje, encargándose de seleccionar, reservar y confirmar todos y cada uno de los magníficos hoteles donde descansamos. Y al resto del grupo de amigos que hizo de un sueño una hermosa realidad.

 
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